La bomba de Hiroshima, el infierno nuclear

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El 6 de agosto de 1945 ha quedado grabado para siempre en la memoria de los japoneses. Ese día, cumpliendo la orden del presidente Harry S. Truman, el ejército estadounidense lanzó sobre la ciudad de Hiroshima la primera bomba atómica que cayó sobre una población habitada. Tres días después aviones norteamericanos lanzaron una segunda bomba sobre Nagasaki y esos dos trágicos sucesos forzaron la rendición incondicional del ejército imperial japonés, que tuvo lugar el 15 de agosto, y, en consecuencia, provocaron el fin de la Guerra del Pacífico, y por extensión de la II Guerra Mundial.

¿Fue necesaria tanta destrucción para poner fin al conflicto bélico? ¿No existían otras alternativas? ¿Pudieron elegirse otros objetivos militares que no causaran tantas muertes entre la población civil? ¿Aprovechó Estados Unidos para conocer los efectos de una explosión nuclear sobre seres humanos? ¿Se trataba sobre todo de una demostración de fuerza para intimidar a los soviéticos? Todas esas interrogantes planean en el aire desde entonces, pero el silencio suele ser la única respuesta que se obtiene tanto en Japón como en Estados Unidos.

Bomba Hiroshima

La nube atómica sobre Hiroshima vista desde Matsuyama

La mayoría de los japoneses prefieren pasar de puntillas por este pasaje de su historia reciente. Incluso los supervivientes de la devastación atómica, los tristemente conocidos como “hibakusha” (被爆者), se han convertido en unos olvidados y no han recibido ni el reconocimiento social ni las ayudas económicas necesarias por parte de los sucesivos gobiernos japoneses.

El final de la guerra supuso también el principio de la ocupación norteamericana. El general MacArthur, comandante en jefe de las fuerzas aliadas para la supervisión de la ocupación del archipiélago, diseñó un plan para reconstruir Japón a imagen y semejanza de Estados Unidos, redactando una Constitución, instaurando un sistema de partidos e implantando una economía ultracapitalista. El férreo control norteamericano y la complicada posición del emperador Hirohito, al que la rendición le había convertido de la noche a la mañana en un ser terrenal, empezaron a tejer con el paso del tiempo un tupido velo de silencio sobre el lanzamiento de las bombas atómicas, a las que el propio Hirohito, en una rueda de prensa – la primera que concedía un Emperador en la historia – definió como “un suceso inevitable y necesario”. Seguramente esa respuesta, que en aquel momento sorprendió y avergonzó a muchos japoneses, formaba parte de los acuerdos firmados con el general MacArthur para preservar la institución y también su propia vida. No hay que olvidar que el primer ministro Hideki Tojo, seis ministros del gobierno y varios altos cargos militares fueron juzgados y ejecutados. Sin embargo, MacArthur convenció al presidente Truman para mantener con vida al Emperador Hirohito, porque pensaba que su ejecución desencadenaría una ola de violencia y acrecentaría el odio hacia los norteamericanos. Además la figura del Emperador, modernizada y desvinculada de su origen divino, se convertiría en el eje vertebrador de la radical transformación que el general MacArthur planeaba para la sociedad japonesa.

El origen de la bomba de Hiroshima

En los primeros años de la década de los años cuarenta, el ejército de Estados Unidos, con la ayuda de Reino Unido y Canadá, empezó a investigar en secreto la forma de fabricar una bomba atómica. Una carta de Albert Einstein a Franklin D. Roosevelt fechada en 1939 advertía de la posibilidad de fabricar bombas extraordinariamente potentes utilizando el uranio como una nueva e increíble fuente de energía. Las investigaciones de los científicos Enrico Fermi, Leó Szillárd, Edward Teller y Eugene Wigner así lo confirmaban.

Bomba atómica Hiroshima

El científico Robert Oppenheimer y el general Leslie Groves, los dos máximos responsables del Proyecto Manhattan. Foto: Wikimedia Commons

En octubre de 1941, sólo dos meses antes de que Estados Unidos entrase en la II Guerra Mundial tras el ataque japonés a Pearl Harbor, el gobierno norteamericano puso en marcha el Proyecto Manhattan, cuyo objetivo era fabricar la bomba atómica antes que los nazis y puso al frente del proyecto al científico Robert Oppenheimer. Cuatro años después, y tras una inversión total de más de 2 billones de dólares, el 16 de julio de 1945 los norteamericanos realizaron con éxito el primer ensayo atómico en el desierto de Alamogordo (Nuevo México). El ejército alemán se había rendido un mes antes, el 7 de mayo, por lo que Alemania ya no sería el objetivo de la bomba y se empezó a plantear la posibilidad de lanzarla sobre Japón, con quien Estados Unidos mantenía una cruenta lucha en el Pacífico.

El presidente Harry S.Truman avisó al ejército japonés del inminente lanzamiento de una nueva bomba de efectos devastadores si no aceptaban una rendición incondicional. Ante su negativa y después de muchas deliberaciones, el presidente Truman autorizó el lanzamiento de la bomba atómica sobre la ciudad de Hiroshima.

Hiroshima antes de la bomba

En el verano de 1945 Hiroshima era una ciudad asolada por los bombardeos norteamericanos. Las provisiones escaseaban, la mayoría de los hombres en edad militar estaban alistados en el ejército imperial y las mujeres se las ingeniaban para dar de comer a sus familias. Hiroshima era un importante centro militar y una base naval de primer orden. Frente a sus costas acechaban amenazantes decenas de portaaviones norteamericanos desde los que despegaban los B-29 que aterrorizaban a la población con sus continuos bombardeos.

En agosto de 1945 Hiroshima era una ciudad de un millón de habitantes y su puerto atraía una importante actividad comercial. A pesar de la guerra sus habitantes intentaban mantener la normalidad, los niños acudían a la escuela, las tiendas estaban abiertas y los tranvías llevaban a la gente a sus hogares y sus lugares de trabajo. La ciudad estaba repleta de refugios antiaéreos, a los que sus habitantes acudían con demasiada frecuencia para protegerse de los bombardeos norteamericanos.

La explosión

A las 8:15 del lunes 6 de agosto de 1945 un bombardero estadounidense B-29, al que su piloto Paul Tibbets había bautizado con el nombre de Enola Gay en honor a su madre Enola Gay Tibbets, lanzó una bomba de uranio sobre Hiroshima, la célebre Little Boy. Cincuenta y cinco segundos después de su lanzamiento, la bomba se situó a 600 metros sobre la ciudad, la altura determinada para su explosión. La detonación produjo una explosión equivalente a 13 kilotones de TNT y la temperatura superó el millón de grados centígrados, creando una inmensa bola de fuego que se expandió en menos de un segundo más de 250 metros de diámetro.

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La tripulación del B-29 “Enola Gay”. Licencia: Wikimedia Commons

Una columna de humo comenzó a ascender rápidamente formando una gigantesca nube con forma de hongo que empezó a crecer y llegó a alcanzar 800 m de alto y unos 3.000 de ancho. La explosión, que pudo sentirse hasta casi 60 kilómetros de distancia, rompió los cristales de las ventanas de los edificios que se encontraban a menos de 15 kilómetros. Unas 140.000 personas murieron instantáneamente, muchas de ellas literalmente desaparecieron, se volatilizaron, y la ciudad se convirtió en un infierno, llena de incendios por todas partes. El 70% de los edificios fueron destruidos y la ciudad se convirtió en una enorme superficie de tierra carbonizada.

Una media hora más tarde una extraña lluvia de color negro empezó a caer sobre la zona noroeste de la ciudad. Se trataba de una lluvia radiactiva, la llamada “lluvia negra”, que fue provocada por las corrientes de aire caliente que surgieron de los incendios y que elevaron a la atmósfera algunos de los isótopos radioactivos que había provocado la detonación. Muchos supervivientes recibieron la lluvia como un alivio para sus terribles quemaduras e incluso la bebieron, sin saber que esa lluvia negra estaba esparciendo sobre sus cuerpos una contaminación radioactiva que les provocaría a lo largo de las próximas semanas horribles enfermedades como ceguera, leucemia o tumores malignos.

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Licencia: Hiroshima Peace Memorial Museum/Gonishi Kimura/Reuters

Los “hibakusha”, cuando sobrevivir se convierte en una pesadilla

Hibakusha (被爆者?) es una palabra japonesa que significa “persona bombardeada” y se utiliza en Japón para designar a las personas que sobrevivieron a los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki. Según datos oficiales existen más de 360.000 hibakusha, y la mayoría han padecido enfermedades y desfiguraciones provocadas por la radiación.

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Una víctima del bombardeo de Hiroshima. Licencia: Creative Commons

Los hibakusha, entre los que hay que incluir también a muchos de los hijos de los supervivientes que heredaron algún tipo de enfermedad o malformación, han sufrido además un rechazo social, provocado sobre todo por el temor a un posible contagio. Ese rechazo ha sido tan generalizado que muchos hibakusha han tenido que enfrentarse a graves problemas sociales y económicos a lo largo de su vida, y los sucesivos gobiernos tanto nacionales como locales no les proporcionaron suficientes ayudas para paliar su situación. Por este motivo muchos hibakusha, si no presentaban pruebas visibles de sus enfermedades, prefirieron mantener su problema en secreto. Con el paso de los años los avances científicos demostraron que no existía ningún peligro de contagio y poco a poco los hibakusha empezaron a integrarse en la sociedad japonesa, aunque en muchos casos el daño psicológica ya era irreparable. En 1956 un amplio grupo de supervivientes formaron la organización Nihon Hidankyō (日本被団協), que nació con un doble objetivo: presionar al gobierno japonés para que destinara ayudas a los supervivientes de las bombas nucleares y trabajar para la abolición de las bombas atómicas en todo el mundo.

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Un superviviente de la bomba de Nagasaki cuenta su experiencia a un grupo de jóvenes durante un congreso internacional celebrado en Viena

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