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Daibutsu: el Gran Buda de Kamakura

El Gran Buda de Kamakura o Daibutsu (大仏) se encuentra en el templo budista de Kotoku-in (高徳院), en la ciudad costera de Kamakura, perteneciente a la prefectura de Kanagawa. Su proximidad a Tokio – se encuentra a menos de 57 kms de la capital -, convierten al Gran Buda de Kamakura en una excursión muy frecuente para los turistas que visitan Tokio.

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El Daibutsu o Gran Buda de Kamakura es una escultura en bronce que tiene una altura de 13,35 metros y pesa unas 93 toneladas

El Daibutsu o Gran Buda de Kamakura es una escultura en bronce que tiene una altura de 13,35 metros y pesa unas 93 toneladas. Representa al Buda Amida, el buda más importante de la secta de la Tierra Pura, la secta que levantó el templo de Kotoku-in, y la tradición budista establece que el Buda Amida posee infinitos méritos, fruto de sus innumerables buenas acciones realizadas en vidas pasadas.

Para que te hagas una idea de sus dimensiones, su oreja mide 1,90 metros de alto, y su cabeza mide unos 2,35 metros.

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Se cree que la escultura del Gran Buda fue realizada durante el siglo XIII, probablemente en el año 1252, durante el período Kamakura, una etapa que marcó el inicio de la edad feudal de Japón, y que acogió hitos tan significativos como la llegada del budismo zen o el surgimiento de los samurai.

En un principio el Gran Buda de Kamakura se encontraba dentro de un edificio de madera, pero a finales del siglo XV, en 1495, un tsunami arrasó el edificio y la escultura se quedó desde entonces a la intemperie.

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En 1923 un terremoto destruyó la base sobre la que se asentaba la inmensa mole de bronce, que tuvo que ser reformada en la década de los años 60 y fue sustituida por una plataforma móvil que pudiera resistir la fuerza de los seísmos.

El Daibutsu o Gran Buda de Kamakura es la segunda estatua de Buda sentado más grande de Japón, después del Gran Buda del templo Tōdai-ji, en Nara, aunque sí se trata del Buda más grande que se encuentra al aire libre.

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La estructura de bronce que conforma la gigantesca escultura del Buda se encuentra hueca en su interior, y tiene dos ventanillas en su espalda para su ventilación, y los visitantes pueden acceder al interior previa donación de 20 yenes.

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La estructura de bronce que conforma la gigantesca escultura del Buda se encuentra hueca en su interior, y tiene dos ventanillas en su espalda para su ventilación, y los visitantes pueden acceder al interior previa donación de 20 yenes.

La contemplación de la figura del Gran Buda de Kamakura realmente sobrecoge. La perfección de sus rasgos, delicadamente fundidos sobre el bronce, y su actitud meditativa en la postura del loto, producen una sensación de paz y armonía que se acentúan con la belleza del entorno natural, rodeado de hermosos jardines con una densa vegetación. Las manos del Gran Buda merecen una atención especial, ya que su posición y sus formas atraen desde un primer momento por su exquisita delicadeza.

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Las manos del Gran Buda atraen desde un primer momento por su exquisita delicadeza

La entrada al templo Kotoku-in cuesta 200 yenes y si quieres acceder al interior de la estatua deberás abonar un extra de 20 yenes. El horario es de 8 a 17:30 horas de abril a septiembre, y de 8 a 17 horas de octubre a marzo.

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La entrada al templo Kotoku-in cuesta 200 yenes y si quieres acceder al interior de la estatua deberás abonar un extra de 20 yenes

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Cómo llegar al Daibutsu o Gran Buda de Kamakura

Desde Tokio tienes tres opciones para llegar a Kamakura. Si cuentas con el JR Pass puedes coger la JR Yokosuka Line desde la estación de Tokio hasta Kamakura; o la línea JR Shonan Shinjuku desde la estación de Shinjuku. Elige la estación más próxima a tu alojamiento, porque lo ideal es ir a primera hora de la mañana. Una tercera opción, no incluida en el JR Pass, es subirte al tren Enoden, en la línea Enoshima Electric Railway y bajarte en la estación de Hase.

Una vez en Kamakura, el Daibutsu se encuentra a unos 10 minutos andando desde la estación de Hase, y unos 25 minutos desde la estación de Kamakura. Dependiendo de la ruta que hayas planificado para tu excursión, te convendrá una u otra estación.

Si dispones de tiempo, también puedes bajarte en la estación de Kita-Kamakura y emprender una ruta de senderismo que te llevará alrededor de una hora y en la que podrás visitar hasta cinco templos que irás encontrando en tu camino, rodeado de una frondosa vegetación.

Nosotros utilizamos la app Ulmon CityMaps2Go para movernos por Japón. Si no cuentas con una app de navegación o con un mapa, no te preocupes. Kamakura cuenta con numerosas señalizaciones en inglés y japonés que te irán indicando el camino hacia el Daibutsu o Gran Buda.

El sintoísmo: la morada sagrada de los kami

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El sintoísmo, la fe autóctona de Japón, es una de las religiones más desconocidas del mundo. Entenderla a fondo quizás sea imposible para los occidentales, ya que está íntimamente enraizada con la historia del pueblo japonés y exige una familiarización con su cultura y con alguna de sus costumbres milenarias.

Sin embargo, quizás por esa irresistible mezcla de misterio y sencillez que esconde, el sintoísmo atrae desde el primer momento a los occidentales. Pero por desgracia no existe mucha literatura fuera de Japón que compile los rasgos fundamentales del sintoísmo y que permita al profano lleno de curiosidad adentrarse en una religión tan fascinante como misteriosa. Y por si fuera poco, no existe una interpretación unánimemente aceptada.

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Por esa razón fue para nosotros una grata sorpresa encontrar en las estanterías el libro “Sintoísmo. La vía de los kami”, una pequeña joya publicada por la Editorial Satori – qué sería de nosotros, los amantes de la cultura japonesa, si no existiera esta editorial gijonesa – y que apareció en febrero de este año.

Sintoísmo. La vía de los kami” está escrito por Sokyo Ono, catedrático de la Universidad Kukugakuin Daikaku, la universidad sintoísta de Tokio y es conferenciante habitual de la Asociación Nacional de Santuarios Sintoístas. Sokyo Ono concibió el libro como una guía introductoria que sirviera de ayuda a los occidentales y por eso utilizó un estilo sencillo y directo.

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En Japón el sintoísmo se conoce con el vocablo Shintō, que se traduce como “el camino de los kami”. Shintō se compone de dos ideogramas:  (shin) que significa “kami”, y (to) que equivale a “camino”. El sintoísmo se caracteriza por la veneración a los kami.

A diferencia del cristianismo, el islam o el budismo, en el sintoísmo no existe una figura fundadora, como Jesucristo, Mahoma o Buda Gautama, ni tampoco existen unas escrituras sagradas, como la Biblia, el Corán o los Sutras, aunque sí existen textos antiguos como el Kojiki (Crónica de antiguos hechos de Japón), que data del año 712 de la era cristiana; el Nihongi o Nihon Shoki, (Crónicas nacionales), que se remonta al año 720; el Kogoshoui (Recopilación de historias antiguas), escrito en 807 y el Engi Shiki (Leyes detalladas del período Engi), que data del año 927. Sin embargo estos textos no son textos canónicos y distan mucho de contener revelaciones o mandamientos divinos, las escrituras sintoístas son en realidad registros históricos que reflejan las formas más antiguas de veneración a los kami. ¿Pero qué son exactamente los kami?

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Los kami

Desde tiempos inmemoriales el pueblo japonés ha venerado a unas divinidades llamadas “kami”, que surgieron en el principio de los tiempos y que se cuentan por millones. Los kami son espíritus nobles y sagrados que están presentes en todos los seres. También los kami hacen relación a cualidades como el crecimiento, la fertilidad o la prosperidad; fenómenos atmosféricos, como el viento o el trueno; elementos de la naturaleza, como el sol, los árboles, las montañas, los ríos o las rocas, y también a los espíritus de los antepasados.

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En el sintoísmo no existe tampoco la figura de una deidad absoluta, creador de todas las cosas y que gobierna sobre ellas. El acto de la creación se entiende como el resultado de la cooperación entre todos los kami, una creencia que sin duda ha perfilado el carácter del pueblo japonés, que se refleja en su culto al colectivo por encima del individuo.

Son muy importantes los kami protectores, que custodian objetos o fenómenos como el arroz, el agua o la curación; también existen kami ancestrales, que protegen a un grupo, territorio o clan familiar. A los protectores de los clanes se les conoce comúnmente como ujigami y son venerados en los santuarios.

Los santuarios

El propósito principal de los santuarios sintoístas es constituir una morada para uno o más kami. La presencia simbólica de los kami se refleja en el shintai (cuerpo divino), un objeto sagrado que se encuentra en la cámara interior del templo. Los santuarios están muy vinculado con la naturaleza y siempre están relacionados con el espacio natural que los acoge. Se sitúan en emplazamientos naturales de gran belleza, rodeados de arboles, ríos o en la costa.

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Un santuario consta de un oratorio, situado frente al santuario principal, un pabellón para las abluciones y varios edificios auxiliares. Algunas veces también hay un salón de ofrendas y un espacio para recitar oraciones.

Los torii

Los torii son puertas que indican la entrada a los santuarios y separan el mundo terrenal del espacio divino, el mundo de los kami. Existen más de veinte tipos de torii y por lo general están fabricados con madera, aunque en las últimas décadas se han utilizado otros materiales como piedra, metal u hormigón. En el Japón antiguo los torii se encontraban por todas partes, pero en 1884 se decretó que su uso iba a ser exclusivamente religioso y debería restringirse a los santuarios sintoístas. En algunos santuarios se anima a los devotos a levantar torii para realizar ofrendas a los kami. Son famosas los miles de torii, que dan la bienvenida en el santuario Fushimi Inari Taisha de Kioto, que han sido financiadas por muchas empresas en busca de la prosperidad para sus negocios.

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Los símbolos

El espejo:

Se trata de un símbolo muy importante en el ritual sintoísta. Simboliza la realidad tal y como es, no esconde nada, muestra tanto lo bueno como lo malo, tanto lo correcto como lo incorrecto, sin trampas, nunca miente. Representa la mente inmaculada del kami, El espejo es el símbolo sagrado del Gran Santuario de Ise y de muchos otros templos

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Gohei:

Es una vara que sostiene unas tiras de papel, que suelen ser blancas, dispuestas en diagonal y que constituye una ofrenda simbólica. También indica al devoto la presencia de un kami. Por lo general se encuentra sólo un gohei en cada santuario, aunque en los santuarios que acogen a varios kami hay un gohei por cada kami.

Haraigushi:

Se trata de una vara, que descansa sobre un soporte, y de la que cuelgan numerosas tiras de papel o de lino y que se usa en el rito de la purificación. El sacerdote retira la vara de su soporte y se sitúa con ella frente al devoto u objeto que debe ser purificado. En primer lugar agita la haraigushi a su derecha, a continuación a su izquierda, y por último por detrás de su hombro izquierdo.

Estandarte:

Los estandartes simbolizan la presencia de los kami y son también ofrendas para ellos. Algunos muestran dibujos de animales o figuras que representan al sol, a las nubes o a la luna. Tienen un carácter ornamental por encima de simbólico.

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Espada, lanza y escudo:

Son tres símbolos muy presentes en la iconografía sintoísta. Suelen colgarse de los estandartes y representan tanto el poder de los kami para preservar la paz y la justicia como su propio poder para defender a los kami. Hay estudiosos que aseguran que la espada, la lanza y el escudo simbolizan la sabiduría, benevolencia y valentía.

Shimenawa:

Se trata de una cuerda sagrada de la que cuelgan tiras de papel y que suele dar la bienvenida a los devotos en la entrada del santuario. Suele indicar el lugar en el que reside el kami, aunque también puede señalar objetos que se ofrecen al kami

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En próximos posts profundizaremos en otros aspectos del sintoísmo, como las festividades, los tipos de sintoísmo o su estructura organizativa.

“Los protectores”, thriller japonés que plantea un debate moral

Una niña de 6 años aparece brutalmente asesinada en la ciudad de Fukuoka. Su abuelo, Ninagawa, un poderoso magnate, publica un anuncio en los principales diarios japoneses ofreciendo una recompensa de mil millones de yenes – cerca de 8 millones de euros – a quien acabe con la vida de Kunihide Kiyomaru, el asesino de su nieta. Así empieza “Los protectores” (Wara no tate), un thriller policíaco dirigido en 2013 por el director japonés Takashi Miike y basado en la novela homónima de Kazuhiro Kiuchi.

El arranque de la película es trepidante y la trama enseguida se dispara. Al enterarse de la noticia de la recompensa, un amigo del asesino Kiyomaru intenta matarle, pero no lo consigue. Herido y confundido, Kiyomaru se entrega a la policía. Dos policías, Kazuki Mekari, un hombre íntegro que perdió a su mujer embarazada a manos de un criminal, y Atsuko Shiraiwa, una valiente mujer madre de un niño de 8 años, son los encargados de escoltar a Kiyomaru hasta Tokio para ser juzgado. El trayecto se convierte en una espiral de sucesos donde los intentos de asesinato se repiten y donde nadie puede confiar en nadie.

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La recompensa de Ninagawa plantea un profundo conflicto moral en la sociedad japonesa, un país con uno de los índices de criminalidad más bajos del mundo y donde al mismo tiempo es legal la pena de muerte. Las preguntas se suceden a lo largo de la cinta: ¿Es legítimo asesinar a un criminal que ha violado y asesinado a una niña de 6 años? ¿Puede permitirse que un hombre se tome la justicia por su mano? ¿Se merece un criminal pervertido que otras personas pongan en peligro su vida para protegerle?

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Las dudas y tentaciones van surgiendo entre los policías Mekari y Shiraiwa, que se ven acompañados por otros dos agentes en un peligroso viaje desde Fukuoka hasta Tokio con la misión de entregar con vida a Kiyomaru en la jefatura central de la policía tokiota. A lo largo de su viaje Makari y Shiraiwa deben resistir varios ataques, incluso de policías, que quieren matar a Kiyomaru para hacerse con la recompensa ofrecida por Ninagawa.

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El director de “Los protectores” es Takashi Miike, un cineasta muy controvertido que ha realizado más de setenta producciones, entre películas, obras teatrales y programas de TV.

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“Hiroshima”, el reportaje que cambió la opinión mundial sobre la bomba atómica

El 31 de agosto de 1946 la revista The New Yorker publicó un reportaje que está considerado hoy como el mejor artículo del periodismo estadounidense del siglo XX. 

Su autor fue John Hersey, un corresponsal de guerra y escritor galardonado con el Premio Pulitzer. En la primavera de 1946 recibió un encargo de la revista The New Yorker: viajar a Hiroshima con el objetivo de escribir un artículo que narrase el estado de devastación en el que se encontraba la ciudad japonesa tras el bombardeo atómico que sufrió unos meses antes, el 6 de agosto de 1945.

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John Hersey fotografiado por Carl Van Vechten. From Wikimedia Commons

Aquel artículo de 30.000 palabras y titulado simplemente “Hiroshima” alcanzó en pocos días una amplia repercusión en Estados Unidos y conmocionó a la opinión pública al revelar sin paños calientes las terribles consecuencias del bombardeo de Hiroshima.

En mayo de 1946 John Hersey viajó a Japón y durante tres semanas estuvo entrevistando a numerosos supervivientes del holocausto nuclear, comprobando sobre el terreno los horribles efectos de la bomba atómica. Durante su viaje cayó en sus manos el libro “El puente de San Luis Rey”, escrito por el novelista norteamericano Thorton Wilder, hijo de un diplomático que vivió durante su infancia en diversas ciudades de Asia. La estructura narrativa de la obra de Wilder, articulada sobre los testimonios de cinco personajes que cruzaron el puente de San Luis Rey, ubicado en la ciudad de Lima, justo cuando se desplomó durante el Virreinato del Perú bajo el Imperio Español en el siglo XVIII, inspiró a Hersey para dar forma a su artículo sobre la bomba de Hiroshima, El enfoque de la novela de Thorton Wilder, centrado en las personas, cambió la primera idea de Hersey, que pretendía centrarse en los lugares y las instalaciones. Estas decisiones de última hora supusieron una pequeña revolución en el estilo del periodismo de la época.

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La ciudad de Hiroshima fotografiada en octubre de 1945, dos meses después del lanzamiento de la bomba atómica. From Wikimedia Commons

Los personajes de “Hiroshima”

Durante su viaje John Hersey entrevistó a numerosos supervivientes del bombardeo y convirtió los seis testimonios más aterradores en la base de su reportaje.

Dr. Masakuzu Fujii: un médico brillante y pragmático que dirigía un hospital cerca del río Kyo y que sobrevivió gracias a que durante la explosión se encontraba fuera del hospital

Dr. Terufumi Sasaki: un joven médico de 25 años muy idealista que trabajaba para Cruz Roja y atendía a muchos pacientes gratuitamente , y que la mañana del 6 de agosto no cogió su tren habitual

Padre Wilhelm Kleinsorge: sacerdote jesuita alemán de 38 años con una salud frágil y enfermiza que sufrió los efectos de la radiación

Toshiko Sasaki: una joven de 20 años, empleada de una fábrica que se encontraba a un kilómetro del epicentro de la explosión y que sufrió una grave lesión en una pierna

Hatsuyo Nakamura: viuda de un sastre y madre de tres hijos que sufrió graves quemaduras y bebió agua contaminada

Reverendo Kiyoshi Tanimoto: pastor de la Iglesia Metodista que contrajo el síndrome de irradiación aguda por los efectos de la bomba

Los relatos de estos seis personajes configuraban un mosaico narrativo que permitía a John Hersey mostrar los efectos de la bomba de Hiroshima con un dramatismo y una emotividad nunca antes vistos en un reportaje periodístico.

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Artículo de John Hersey publicado en la revista The New Yorker

La censura norteamericana sobre el bombardeo de Hiroshima

Pocas semanas después, Hersey terminó su reportaje y en el último momento decidió no enviarlo desde suelo japonés. Sospechaba que las autoridades militares estadounidenses que dirigían la ocupación del archipiélago no iban a permitir que el texto saliera rumbo a Nueva York. Las fuerzas de ocupación ya habían incautado anteriormente fotografías, películas y reportajes que mostraban la realidad de Hiroshima con el objetivo de ocultar a la opinión pública norteamericana las terribles consecuencias del bombardeo atómico. El gobierno de Estados Unidos, presidido por Harry Truman, había dictado la orden de no mostrar a la población estadounidense los espeluznantes efectos de la bomba atómica sobre los seres humanos. Temían que pudiera crearse una corriente de opinión contraria a sus políticas militaristas y decidieron endulzar con una interpretación manipulada uno de los sucesos más horribles que ha protagonizado la raza humana a lo largo de su historia y que provocó la muerte a más de 160.000 personas.

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Vista aérea de Hiroshima en noviembre de 1945.Licencia: Hiroshima Peace Memorial Museum/US Army/Reuters

Así que Hersey se arriesgó a viajar a Nueva York desde Japón con el reportaje escondido en su equipaje y por suerte para la historia de la humanidad el periodista sorteó todos los controles. Si no hubiera sido por esa valiente decisión es posible que nunca hubiésemos sabido lo que ocurrió realmente en Hiroshima aquel 6 de agosto de 1945.

Cuando por fin Hersey llegó a Nueva York, los editores de The New Yorker, Harold Ross y William Shawn, supieron inmediatamente que tenían en las manos un reportaje extraordinario y decidieron preparar la edición bajo el más estricto secreto. Además tomaron otra decisión sin precedentes: iban a dedicar un número en exclusiva al reportaje, que recordemos que contaba con nada menos que 30.000 palabras.

La reacción de los lectores del artículo de John Hersey

Por fin el 31 de agosto de 1946 el artículo de John Hersey vio la luz con el sencillo título de “Hiroshima”. El The New Yorker lanzó una tirada de 300.000 ejemplares, que se agotaron en pocos días y a lo largo de las siguientes semanas el artículo también fue reproducido en otros muchos periódicos y revistas de todo el mundo. Incluso Albert Einstein intentó adquirir sin éxito 1.000 ejemplares del The New Yorker para enviarlos a sus colegas científicos y no tuvo más remedio que recurrir a copias.

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Licencia: Hiroshima Peace Memorial Museum/Gonishi Kimura/Reuters

El reportaje fue leído por millones de personas en todo el mundo y su repercusión fue espectacular. Su estilo narrativo, centrando la atención en personas inocentes – sacerdotes, secretarias, médicos, padres de familia -, gente normal y corriente cuyas vidas se vieron destrozadas por el lanzamiento de una bomba atómica, mostró al mundo la auténtica dimensión del terror que vivieron los habitantes de Hiroshima.

Hasta entonces jamás un reportaje periodístico había alcanzado una repercusión de tal magnitud, y millones de personas fueron conscientes gracias a John Hersey del peligro que encerraba la energía atómica para la humanidad.

El texto íntegro del reportaje se publicó más tarde convertido en un libro que contribuyó a aumentar la difusión del mensaje de John Hersey. 

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“Hiroshima” fue publicado como libro en todo el mundo

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7 rasgos que hacen que los japoneses sean como son

Para acercarse a la cultura japonesa es imprescindible conocer algunos conceptos que han cincelado la identidad del pueblo nipón desde hace siglos. A continuación os explicamos algunas claves culturales que os servirán de brújula para adentraros en la cultura japonesa. Sin un conocimiento básico de estas claves es imposible entender la idiosincrasia de un país tan complejo y apasionante como Japón.

1. Bushido

¿Cuántas veces has oído hablar de los samurais? A los samurais se les conocía también como “bushi”, que significa “guerrero”. Entre los siglos IX y XII desempeñaron un papel protagonista en la sociedad japonesa. “Bushido” (武士道) es un término que suele traducirse como “el camino del guerrero”. Se trata de un código ético que utilizaban los samurais para guiar sus vidas y dar sentido a sus actos. Consiste en un conjunto de normas muy estrictas que exigían lealtad y honor hasta la muerte.

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Tres samurais. Fotografía tomada por el mítico fotógrafo Kusakabe Kimbei (1841 – 1934)

El bushido se inculcaba todos los japoneses de las clases dirigentes y con el paso del tiempo se ha ido extendiendo a todos los hombres y mujeres que querían impregnar a sus vidas de valores elevados y de una conducta intachable.

El bushido ha bebido de cuatro fuentes principales: el confucianismo, del que heredó el culto y la adoración a los antepasados; el budismo, del que incorporó la aceptación de la muerte como una realidad ineludible; el zen, del que importó su búsqueda constante de la perfección; y el sintoísmo, del que integró su amor por todas los seres vivos.

El bushido es el resultado de diversas corrientes de pensamiento que se fueron integrando durante varios siglos e identificó a unos hombres que se distinguieron por tener un código moral basado en la nobleza y la lealtad.

Ese código moral del bushido reconocía siete virtudes: la justicia, el coraje, la benevolencia, el respeto, la honestidad, el honor y la lealtad.

A partir de 1600 las luchas que desangraron Japón durante siglos fueron cesando y el país empezó a evolucionar hacia una sociedad más modernizada y menos feudal. En ese nuevo contexto histórico, el papel de los samurais empezó a resultar anecdótico. En 1870 los samurais fueron oficialmente abolidos y tuvieron que buscarse nuevos empleos en las ciudades.

En la actualidad el espíritu del bushido está presente, por ejemplo, en las artes marciales o en el sumo,

2. Geishas

Las geishas son posiblemente uno de los iconos más populares y a la vez más controvertidos de la cultura japonesa. La palabra geisha (芸者) proviene de los fonemas chinos “Gei”, que significa “arte”, y “Sha” que significa “persona”. Es decir, una geisha puede definirse como una persona con habilidades en diferentes artes.

Su delgadez, su rostro blanquecino, su kimono o sus pasos rápidos y cortos son rasgos que siguen causando fascinación aún después de 400 años, fecha en la que se considera que surgieron las primeras geishas.

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Dos maiko maquillándose dentro del templo Kinkakuji de Kioto. Foto de Wikipedia con licencia Creative Commons

Una geisha (芸者) es una artista cuya función es entretener a sus clientes. Para ello utiliza artes como la danza, la conversación y la música, para las que es entrenada concienzudamente desde niña. Durante esa etapa de aprendizaje a las niñas y jóvenes se las conoce como maiko, y lucen vestidos, collares y peinados característicos. Alrededor de los veinte años, las maiko están preparadas para convertirse en geishas y se las considera así mediante una ceremonia denominada “erikae” (襟替え). cuyo significado literal es “cambio de cuello”. Durante la ceremonia la joven cambia el cuello rojo del kimono de la maiko por el blanco de la geisha. En Gion, el distrito de Kioto donde viven numerosas geishas, las recién iniciadas bailan una danza llamada Kurokami durante la ceremonia.

Algunas geishas cuentan con la protección de un danna, una especie de patrocinador que costea gran parte de sus gastos. Esta figura era muy frecuente en la antigüedad pero actualmente casi ha desaparecido. Los danna suelen ser hombres adinerados que quieren asegurarse una atención preferente por parte de una geisha. Los servicios que ofrece una geisha a su patrocinador se acuerdan mutuamente y pueden llegar en algunos casos a las relaciones sexuales. En este punto surge la polémica y muchas personas, sobre todo fuera de Japón, consideran a las geishas como una versión sofisticada de las prostitutas.

En cualquier caso, el código moral de las geishas es muy estricto y la vida de las geishas se rige por unas normas muy disciplinadas y rigurosas.

3. Sumo

El sumo (相撲) es probablemente el deporte más popular en Japón. Los campeones de sumo son estrellas mediáticas adoradas por ejércitos de fans. y a diferencia del béisbol o las carreras de caballos – los otros dos deportes rey en Japón – el sumo es autóctono del país y mantiene rasgos del sintoísmo.

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Luchador de sumo. Dibujo de Utagawa Kuniyoshi (1797 – 1861), uno de los últimos maestros japoneses de la técnica del ukiyo-e. Foto de Wikipedia bajo licencia Creative Commons

El sumo es un tipo de lucha en la que dos luchadores pugnan por enviar a su oponente fuera del dohyo, un circulo de 4,55 metros de diámetro que se enmarca dentro de un cuadrado de 6,7 metros en cada lado. Para que un luchador resulte victorioso basta con que una parte del cuerpo de su oponente, que no sea las plantas de los pies, toque el suelo fuera del dohyo.

Sólo existe una categoría llamada banzuke y todos los luchadores deben competir en la misma categoría, sea cual sea su peso.

No está permitido tirarse del pelo, atacar a los ojos o pegar con el puño cerrado.

A lo largo del año se celebran seis torneos o basho, los seis meses impares, es decir, enero, marzo, mayo, julio, septiembre y noviembre. Tres tienen lugar en Tokyo y los otros tres tienen como sedes Nagoya, Osaka y Fukuoka.

En total están registrados en Japón sesenta y seis luchadores profesionales que compiten en las dos ligas que existen.

Todos los luchadores consagran su vida al sumo y viven en un heya o gimnasio, en el que viven en comuna con una rutina muy estricta.

4. La reverencia en Japón

La reverencia u ojigi (お辞儀) puede parecer un saludo demasiado formal o solemne para los occidentales, pero en Japón se trata de un gesto cotidiano que se repite constantemente en todas las esferas de la vida diaria: en la familia, en la escuela, en el trabajo, en las tiendas. La reverencia es la forma habitual de saludo entre los japoneses, y existen diferentes tipos de reverencia según el momento y las personas que se encuentran.

Contrariamente a lo que piensan muchas personas en Occidente, el significado de la reverencia nada tiene que ver con la idea de humillación o sumisión. La referencia se utiliza para dar la bienvenida, para despedirse, para mostrar agradecimiento o para pedir perdón. Inclinarse ante alguien significa literalmente “entregar la cabeza” (頭を差し出す), y eso significa confiar en la otra persona. 

Los cuatro tipos de reverencia que se utilizan en Japón son:

1.   Eshaku (会釈): 15º de inclinación. Sirve para saludar a un amigo o un compañero de trabajo y también lo utiliza un superior para saludar a sus subordinados.

2.   Futsuurei (普通礼): 30º de inclinación. Se usa para saludar a un superior       

      dentro de la empresa y para dar la bienvenida a los clientes.

3.   Teineirei (丁寧礼): 45º de inclinación. Se utiliza para mostrar un

      agradecimiento sincero y profundo o para para pedir perdón.

4.   Saikeirei (最敬礼): 90º de inclinación. Sirve para pedir un favor muy

      importante o para pedir perdón tras haber cometido una falta muy

      grande.

El gesto de la reverencia está tan arraigado en los japoneses que muchos se inclinan cuando hablan por teléfono, cuando visitan las tumbas de sus antepasados o cuando van a comer en señal de agradecimiento ante los alimentos que tienen frente a ellos.

También existen diferencias entre hombres y mujeres a la hora de realizar una reverencia. Mientras los hombres se inclinan con los brazos pegados al cuerpo y las palmas de las manos pegadas a los muslos, las mujeres se inclinan cruzando ambas manos por delante.

5. Hiroshima

Es imposible profundizar en la identidad japonesa sin detenerse a analizar lo que significaron para el pueblo japonés las bombas atómicas lanzadas durante la Segunda Guerra Mundial. Japón es el único país del mundo que ha sufrido los efectos devastadores de unas bombas atómicas sobre su suelo.

Hiroshima (広島市) es una ciudad situada en la región de Chugoku, al oeste de Japón. Es tristemente famosa por haber sido el blanco de la primera bomba atómica lanzada sobre una población habitada. La bomba fue lanzada el 6 de agosto de 1945 y tres días después, el 9 de agosto, Estados Unidos lanzó una segunda bomba sobre Nagasaki.

Ambos ataques acabaron con la vida de 246.000 japoneses, de los cuales sólo la mitad fallecieron los días de los bombardeos. El resto perdieron la vida durante los meses y años siguientes, víctimas del envenenamiento por radiación, leucemia y diversos tipos de cánceres.

El 15 de agosto de 1945, siete días después del bombardeo sobre Nagasaki, el ejército japonés anunció su rendición incondicional, lo que significó el fin de la Segunda Guerra Mundial y marcó el inicio de un periodo de ocupación estadounidense, que concluyó, siete años después, el el 28 de abril de 1952. Fue la primera y única vez que Japón ha sido ocupado por una potencia extranjera.

¿Por qué el ejército americano eligió Hiroshima para lanzar la primera bomba atómica?

El Comité para la elección de los objetivos había recomendado HiroshimaKiotoYokohama y Kokura porque eran ciudades cuya superficie superaba los 4,8 km. de diámetro y donde la explosión causaría graves daños,

En 1945 Hiroshima contaba con una fuerte industria y era clave para la fabricación de armamento, albergaba un importante depósito de armas y ofrecía una estratégica salida al mar a través de su puerto de embarque. Además, las montañas que rodean la ciudad concentrarían la explosión y multiplicarían los daños.

Para los aliados era esencial que el bombardeo tuviera un efecto psicológico devastador sobre el pueblo japonés. De esa forma la rendición inmediata estaría asegurada. Finalmente Hiroshima y Nagasaki fueron las elegidas. La decisión de no lanzar la bomba sobre Kioto se atribuye a Henry L. Stimson, secretario de Guerra, que parece que pasó su luna de miel en Kioto y admiraba su belleza.

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Hiroshima: Cúpula Genbaku, un monumento a la Paz. Foto Wikipedia bajo licencia Creative Commons

La huella que han dejado sobre el pueblo japonés las dos bombas atómicas lanzadas en 1945 aún está presente en la psique colectiva. Pese a la discreción de los japoneses, su tendencia al silencio sobre el pasado imperialista del país y el aparente olvido que impusieron las autoridades, con el Emperador Hirohito a la cabeza, Hiroshima es un símbolo de la sinrazón, un monumento a la destrucción y al horror.

Los que quieran profundizar en este suceso, tan triste como determinante para el curso de la historia japonesa, no deben dejar de visitar el Museo Conmemorativo de la Paz de Hiroshima (広島平和記念資料館).

6. Cerezo en flor

El cerezo en flor o sakura (桜) es uno de los símbolos más emblemáticos de la cultura japonesa. Los japoneses disfrutan contemplando la floración de los cerezos en primavera y dan largos paseos para deleitarse con la belleza de ese fenómeno natural. Los parques y jardines se tiñen de blanco y rosa y las ciudades reciben esta explosión de vida con curiosidad y admiración.

La vida de la flor del cerezo es muy corta, apenas dura un par de semanas, por lo que, si viajas a Japón en primavera y quieres disfrutar de su belleza, no debes dejarlo para el último momento. Durante la primera semana las flores alcanzan su esplendor (mankai), y a lo largo de la segunda semana los cerezos van dejando caer sus hojas.

Cerezos en flor en el Parque Takaoka Kojo en Takaoka. Foto Wikipedia bajo licencia Creative Commons

Cerezos en flor en el Parque Takaoka Kojo en Takaoka. Foto Wikipedia bajo licencia Creative Commons

Durante estos días los japoneses pasean y disfrutan haciendo picnics en los parques. A esta actividad se la conoce en Japón como “hanami”, que significa literalmente “contemplar las flores”. Es una antigua tradición que aún pervive con fuerza y que demuestra una vez más la admiración del pueblo japonés por la belleza presente en la naturaleza.

Son muchos los lugares donde disfrutar del hanami se convierte en un auténtico espectáculo. Entre los más visitados cada año suelen estar el monte Yoshino, dentro de la prefectura de Nara, que cuenta con más de 3.000 cerezos; el Parque Inokashira, situado al oeste de Tokyo y conocido por albergar el Museo Ghibli, cuyo río Sakura acoge a cientos de personas que lo navegan subidos a pequeñas embarcaciones desde donde observan los cerezos de ambas orillas; y el Parque Maruyama, localizado en Kioto, en el barrio de Gion, que cuenta con un sofisticado sistema de iluminación que permite disfrutar el hanami durante la noche.

Para los japoneses la floración de los cerezos representa la fugacidad de la vida, su transitoriedad, y para muchos contiene un alto valor espiritual.

7. Pena de muerte

Fuera de Japón muy poca gente conoce que la pena de muerte es legal en el país del sol naciente. En un país donde los índices de criminalidad son extremadamente bajos, la pena capital se aplica en los casos de homicidio y traición. Una contradicción más en el país de los contrastes.

En la sociedad japonesa no existe un debate abierto sobre la pena de muerte, en realidad la gente muestra una sorprendente pasividad y sólo un 9,7% de los japoneses se manifiestan a favor de su abolición. Esta noticia emitida en RTVE y que muestra imágenes grabadas por una cadena de TV japonesa es muy ilustrativa. Además, los ecos del caso de Iwao Hakamada, que pasó 42 años en una cárcel esperando su ejecución por un crimen que no cometió, llegaron a todos los rincones y fue utilizado por los detractores de la pena de muerte en todo el mundo para denunciar esta violación de los derechos humanos. Japón es, junto con Estados Unidos, el único país del G-8 que tiene institucionalizada la pena de muerte en su legislación.

Este vídeo cuenta el caso de Iwao Hakamada, el hombre que más tiempo estuvo condenado a muerte en el mundo. Estuvo 42 años en el corredor de la muerte en Tokio hasta que fue liberado, cuando se demostró su inocencia.

Durante la Edad Media (siglos XII – XVI) la pena de muerte estuvo prohibida y a lo largo de esos tres siglos la influencia del budismo, una religión que aborrece incluso matar animales, convivió con una fuerte tradición guerrera donde las ejecuciones estaban a la orden del día.

A partir de la Restauración Mejij (1866-1869) Japón adoptó un modelo judicial de corte occidental y en 1880 aprobó la pena de muerte. Desde la instauración de este modelo las leyes no han cambiado, pero las sentencias de muerte y el número de ejecuciones han ido variado en cada período histórico.

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La geografía de Japón: un archipiélago de casi 7.000 islas

Japón es un archipiélago formado por 6.852 islas que ocupan un total de 374.744 km² en el extremo oriental de Asia, frente a las costas de China, Taiwán, Corea del Sur y Rusia.

Japón limita al norte con el mar de Ojotsk, al este con el Océano Pacífico, al sur con el Mar de China oriental y al oeste con el Mar del Japón. Las cuatro islas principales, de norte a sur, son Hokkaidō, la más septentrional; Honshu, la isla principal; Shikoku y Kyushu, la más meridionales.

Casi el 75% del territorio japonés es montañoso, siendo el Monte Fuji, un volcán que permanece inactivo, con sus 3.776 m. la cima más alta del país. Japón se encuentra en un área de gran actividad volcánica y por eso son frecuentes los temblores de pequeña magnitud, aunque cada cierto tiempo también han tenido lugar grandes terremotos y tsunamis.

From Wikimedia Commons

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Una larga cadena montañosa divide el archipiélago en dos mitades, la mitad derecha se encuentra bañada por el Océano Pacífico y la mitad izquierda por el Mar del Japón, que lo separa del continente asiático, cuyo punto más cercano es la Península de Corea, que se encuentra a una distancia de unos 200 kms.

Sólo el 18% del territorio japonés es habitable y la mayor parte de la población se concentra en las llanuras y valles, siendo la zona llana más extensa la región de Kantō, que apenas cubre 13.000 km2 y donde está situada Tokio, una ciudad cuya máxima extensión, conocida como Gran Tokyo, acoge a más de 36 millones de personas, lo que la convierte en el núcleo urbano más poblado del planeta. Para entender en toda su dimensión lo que esto supone a efectos demográficos, Japón tiene una extensión parecida a Alemania, pero un 50% más de población, y encima concentrada en una parte mucho más pequeña de su territorio.

Mapa de Japón: prefecturas

Mapa de Japón: prefecturas- From Wikimedia Commons

La mayoría de los ríos japoneses no son navegables y no superan los 300 kms de largo. El río más largo es el Shinano, que alcanza los 367 kms y nace en la prefectura de Nagano y desemboca en el mar del Japón.

Japón está distribuida en ocho regiones: ChūbuChūgokuHokkaidōKantōKansaiKyūshū (que integra las Islas Ryūkyū, incluyendo Okinawa), Shikoku y Tōhoku.

Las ciudades más importantes de Japón son TokyoKyotoOsakaSapporoKobeYokohamaNagoyaFukuokaKawasaki y Seitama.

El idioma japonés: una lengua única en el mundo

El japonés lo hablan más de 130 millones de personas, lo que la convierte en la octava lengua más hablada del planeta. Además de en Japón, el japonés se utiliza también en Hawái (250.000), California (300.000), Guam, Palaos, Taiwan, Corea, Manchuria (China), Filipinas, Islas Marshall e incluso en ciertas áreas de Brasil (400.000), donde reside una numerosa comunidad japonesa.

Para muchos lingüistas el japonés es una lengua huérfana, aunque pertenece a la familia de las lenguas japónicas, a la que también pertenecen las lenguas ryukyuenses como el okinawense o el amami.

El origen del japonés es un misterio, aunque suele emparentarse con el coreano y recibió también influencias de las lenguas malayas.

Hasta el siglo IV el japonés era una lengua hablada, carecía de escritura. En el siglo IV se creó la escritura a partir de la escritura Hanzi china. Poco a poco los Han chinos fueron derivando hacia los Kanji japoneses, unos ideogramas que representan un concepto o un mensaje simple. De hecho, Kanji significa en japonés “carácter Han”. Pero el alfabeto Kanji no es el único que se utiliza en Japón.

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En el siglo X se desarrollaron dos nuevos alfabetos llamados Kana, que a diferencia del Kanji se basan en caracteres que no tienen ningún significado, simplemente representan un sonido, exactamente igual que nuestro alfabeto castellano.

Los dos alfabetos Kana – aunque es más correcto denominarlos “silabarios”, porque en realidad son dos formas de escritura en la que los caracteres representan sílabas y no letras – se llaman Hiragana y Katakana. El Hiragana describe palabras de origen japonés, mientras que el Katakana se utiliza para adoptar palabras de origen extranjero, sobre todo, inglesas, francesas o alemanas.

Pero los japoneses no se conforman con tres alfabetos, aún existe un cuarto, que resulta ser el más familiar para los occidentales. Se trata del Romaji, un alfabeto basado en caracteres latinos, que se inventó para representar palabras japonesas que tuvieran que ser utilizadas en otros idiomas. Por ejemplo “Tokyo” es la representación en Romaji del Kanji 東京都 .  El Romaji es muy útil para los turistas cuando visitan Japón y necesitan encontrar, por ejemplo, el nombre de una estación de Metro. También se utiliza cuando las empresas japonesas quieren ser reconocidas fuera del país. ¿Como si no se hubieran dado a conocer en el mundo SonyYamaha o Toyota? ¿O cómo si no podrían estudiar japonés los estudiantes extranjeros? El Romaji surgió alrededor de 1548, fue obra de un japonés católico llamado Yajiro, que se inspiró en la ortografía portuguesa. En aquellos años los jesuitas portugueses que llegaron a Japón utilizaban unos libros escritos en Romaji que les permitían rezar y predicar en japonés sin utilizar la ortografía Kanji. A lo largo de los años esta romanización del japonés experimentó diversas modificaciones.

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Kanji

Los Kanji son símbolos que pueden tener varios significados y varias pronunciaciones. Además pueden combinarse entre sí formando palabras con nuevos significados y nuevas pronunciaciones.

Existen alrededor de 40.000 kanjis, y los japoneses necesitan unos diez años para aprenderlos todos y escribir correctamente, aunque el sistema educativo da prioridad al aprendizaje de jōyō kanji (常用漢字), una lista que contiene 1945 kanji que se consideran oficiales.

En la escuela primaria los niños japoneses deben aprender durante seis años 1006 kanjis y en la escuela secundaria deben aprender los 939 restantes. El aprendizaje oficial de la lectura empieza en las escuelas en el primer grado de primaria, pero la mayoría de los niños japoneses llegan a primaria siendo capaces de leer ya incluso libros. Esta sorprendente precocidad se debe a que en los jardines de infancia los niños ya empiezan a leer, pero sobre todo a la labor de las madres japonesas que, ante la dificultad para ingresar en las escuelas primarias de mayor prestigio académico, preparan a sus hijos desde muy pequeños para poder superar los exámenes de ingreso.

Un buen diccionario de kanjis contiene unas 4000 palabras, y un ordenador que tiene instalado un teclado en japonés ofrece más de 11.000 kanji diferentes.

En 1977 el filósofo experto en religiones James Heisig – que nació en Boston y en la actualidad reside en Nagoya – escribió “Kanji para recordar”, un libro en el que describe un método revolucionario para memorizar kanjis basado en la memoria imaginativa y no en la memoria visual. Se trata de asociar el significado de cada kanji con una historia absurda que sorprenda a la mente.

Por otra parte, en la lengua japonesa existen muchas palabras homófonas, es decir, tienen la misma pronunciación pero diferente ortografía y significado. Si no fuera por los kanji sería imposible distinguirlas, ya que aunque se pronuncien igual su escritura es distinta. La palabra “hashi” es un ejemplo. Puede significar “puente”, “borde” o “palillos”.

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Debido al uso de los kanji los japoneses son un pueblo muy visual, su sistema de escritura basado en imágenes, es la base de su refinado gusto por la estética y la belleza en todas sus formas, desde la cocina hasta la decoración. Un claro ejemplo son los shuin (朱 印) unos sellos conmemorativos que se entregan a todos los fieles que visitan un templo sintoísta o budista para dejar constancia de su visita. Durante mi viaje a Japón del pasado verano fui recopilando con mi hija shuin por todos los templos por los que pasaba. Los dibujan los monjes (kannushi, si son sintoístas) que viven en el templo y suelen recopilarse en un libro como el que os muestro en las fotos. Para crear el shuin el monje estampa un sello y sobre esa imagen suele escribir el nombre del templo y el día de la visita. La mayoría son auténticas obras de arte.

Hiragana

El hiragana (平仮名 o ひらがな?) es uno de los dos silabarios kana que se utilizan en la escritura japonesa. Se trata de una simplificación de los caracteres kanji que se utiliza para escribir las palabras originarias del idioma japonés.

El silabario hiragana está formado por 46 caracteres, de los cuales 45 representan sílabas formadas por una consonante y una vocal, o en algunos casos una única vocal; y la única consonante que puede ir sola es la ’n’.

El hiragana se utiliza para escribir palabras nativas japonesas, mientras que el katakana se emplea para escribir palabras de origen extranjero y onomatopeyas.

Los niños japoneses aprenden primero el silabario hiragana y a medida que van aprendiendo los kanji van reemplazando los caracteres hiragana por los caracteres kanji.

Algunos historiadores han afirmado que los primeros caracteres hiragana fueron desarrollados por el monje budista Kūkai en el siglo IX, aunque otros historiadores atribuyen la invención a un grupo de mujeres de la aristocracia japonesa.

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Katakana

El katakana (片仮名 o カタカナ?) se utiliza para escribir palabras extranjeras que no tienen representación en kanji, así como onomatopeyas y términos científicos y técnicos.

El silabario katakana consta de 46 caracteres, que representan sílabas compuestas por una consonante y una vocal, o bien una sola vocal. De las consonantes, únicamente la ‘n’ debe ir sola.

Onomatopeyas

Las onomatopeyas juegan un papel muy destacado dentro del idioma japonés. Existen miles de onomatopeyas que los japoneses utilizan constantemente para expresarse, basta con ojear cualquier manga que caiga a nuestras manos para darse cuenta de su omnipresencia.

Las onomatopeyas se dividen en cinco categorías:

Giseigo (擬声語) Animales y sonidos humanos

Giongo (擬音語) Objetos inanimados y naturaleza

Gitaigo (擬態語) Condiciones y estados

Giyougo (擬容語) Movimientos

Gijougo (擬情語) Sentimientos

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La religión en Japón: sintoísmo y budismo

Muy pocos japoneses declaran ser religiosos, pero la realidad es que la mayoría practican ritos religiosos por costumbre, superstición o apariencia. El sintoísmo y el budismo, las dos religiones mayoritarias, cohabitan en armonía  desde hace siglos constituyendo un ejemplo de tolerancia para todo el mundo. Pese a la omnipresencia del consumo y la tecnología, la religiosidad impregna numerosas actividades de la vida de los japoneses aunque pocos se consideran religiosos. Incluso muchas familias cuentan con un pequeño altar en sus hogares.

Las nuevas generaciones, sobre todo en las grandes ciudades, consideran la religión como una tradición propia de los mayores y poco a poco se van alejando de las prácticas religiosas.

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Los torii son puertas que separan el mundo material del mundo sagrado

Sintoísmo

También se le conoce como Shinto (神道), que significa “el camino de los dioses”. Es el culto autóctono de Japón. Se trata de una religión politeísta que rinde culto a los kami (神) o espíritus presentes en la naturaleza. Los kami adquieren formas de fenómenos naturales o ideas, como la lluvia, el viento, la nieve o la fertilidad. Existen kami benévolos, como Inari (稲荷), el dios del arroz, la fertilidad, la agricultura o el éxito; o malévolos como los tengu (天狗), demonios peligrosos y destructivos. Hay miles, millones, según el sintoísmo cada árbol, cada objeto esconde a un kami.

Amaterasu saliendo de la cueva - Foto Wikipedia

Amaterasu saliendo de la cueva – Foto Wikipedia

El sintoísmo carece de fundador o de un dios predominante, es una forma depurada de animismo que venera a los antepasados y, aunque sólo tres millones de japoneses están oficialmente registrados como sintoístas, esta religión está presente en numerosas actividades de la vida diaria de todos los japoneses, siendo un rasgo esencial de la identidad cultural del pueblo nipón. El sintoísmo ha proporcionado a los japoneses un código de valores, ha cincelado sus hábitos y ha influido profundamente en su forma de pensar.

En el sintoísmo tanto hombres como mujeres pueden ordenarse sacerdotes e incluso pueden tener hijos. Se trata de una religión optimista, que piensa que el ser humano es bueno por naturaleza y que cuando obra de forma incorrecta es debido a la influencia de los malos espíritus.

Existen muy pocos textos sagrados, los más importantes son Kojiki (古事記) y Shoku-Nihongi (続日本紀), ambos escritos durante el siglo VIII, aunque seguramente se escribieron anteriormente. Los dos son libros que unen historia y fábula a partes iguales y narran los hechos más antiguos de Japón.

Por toda la geografía japonesa, y siempre ubicados en entornos naturales, pueden encontrarse templos sintoístas. Algunos son grandes construcciones de una singular belleza, como el famoso torii flotante de Itsukushima o el inabarcable Fushimi Inari-Taisha, con sus más de 10.000 torii.

Fushimi Inari-Taisha es el principal santuario sintoísta dedicado al espíritu de Inari. Se encuentra en Fushimi-ku, uno de los distritos de Kioto

Fushimi Inari-Taisha es el principal santuario sintoísta dedicado al espíritu de Inari. Se encuentra en Fushimi-ku, uno de los distritos de Kioto

Budismo

El budismo entró en Japón en el siglo VI. En aquella época el budismo se había dividido en tres corrientes principales – Theravāda, Mahāyāna y Vajrayāna – que se fueron extendiendo desde la India hacia el este de Asia a partir del siglo V. El Budismo Mahāyāna, una corriente que promueve la investigación para descubrir la verdad, sin prejuicios y con total libertad, fue la rama que llegó a Japón y fue introducido por monjes coreanos y chinos. Para ser precisos, esta rama del budismo se asemeja más a una filosofía que a una religión.

El gran buda de Nara, albergado en el Todai-ji

El gran buda de Nara, albergado en el Todai-ji

Tras unos conflictos iniciales con el sintoísmo, el budismo fue calando entre la población y pronto empezó a mezclarse y complementarse con el sintoísmo.

En el siglo V diversos grupos de misioneros llevaron a Japón el pensamiento de un monje indio llamado Bodhidharma, vigésimo octavo patriarca del budismo y fundador de una escuela conocida como budismo Zen. En la actualidad las figuras Daruma, unos muñecos muy populares en Japón, rinden homenaje a Bodhidharma. El zen busca la experiencia de la sabiduría más allá de un discurso racional y la meditación desempeña un papel muy importante.

Desde su introducción en Japón hasta nuestros días el Budismo ha asistido al nacimiento de numerosas escuelas y corrientes que han influido en la vida política, económica y social.

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Cristianismo

El cristianismo llegó por primera vez a Japón en 1549 de la mano de misioneros portugueses y españoles, sobre todo de la orden de los jesuitas. En un principio, las autoridades japonesas vieron en el cristianismo una forma de contrarrestar la expansión del budismo, pero poco después empezaron a percibirlo como una amenaza al comprobar los movimientos imperialistas de los países europeos dentro del continente asiático.

La desconfianza llegó hasta tal punto que en el siglo XVII, durante la era Tokugawa, el cristianismo fue prohibido y se inició un periodo de crueles persecuciones en las que fueron ejecutados cientos de misioneros. Esta situación se prolongó hasta finales del siglo XIX, cuando se acordó en 1889 la libertad de religión.

De 1900 a 1930 surgieron varios movimientos cristianos interesantes como el Movimiento de la No-Iglesia o Mukyokai, una escuela que fusionaba la sensibilidad japonesa con el protestantismo y que huía de toda organización jerárquica, templos y sacerdotes.

Durante la II Guerra Mundial volvió a ser perseguido y desde 1947, tras la ocupación norteamericana, el cristianismo está considerado como una religión permitida en todas sus formas y manifestaciones.

En la actualidad el 1% de los japoneses se considera cristiano, pero fiestas como la Navidad o San Valentín son celebradas por la mayoría de la población.

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La catedral de Urakami, también conocida como la Catedral de Santa María, se encuentra en Nagasaki

La bomba de Hiroshima, el infierno nuclear

El 6 de agosto de 1945 ha quedado grabado para siempre en la memoria de los japoneses. Ese día, cumpliendo la orden del presidente Harry S. Truman, el ejército estadounidense lanzó sobre la ciudad de Hiroshima la primera bomba atómica que cayó sobre una población habitada. Tres días después aviones norteamericanos lanzaron una segunda bomba sobre Nagasaki y esos dos trágicos sucesos forzaron la rendición incondicional del ejército imperial japonés, que tuvo lugar el 15 de agosto, y, en consecuencia, provocaron el fin de la Guerra del Pacífico, y por extensión de la II Guerra Mundial.

¿Fue necesaria tanta destrucción para poner fin al conflicto bélico? ¿No existían otras alternativas? ¿Pudieron elegirse otros objetivos militares que no causaran tantas muertes entre la población civil? ¿Aprovechó Estados Unidos para conocer los efectos de una explosión nuclear sobre seres humanos? ¿Se trataba sobre todo de una demostración de fuerza para intimidar a los soviéticos? Todas esas interrogantes planean en el aire desde entonces, pero el silencio suele ser la única respuesta que se obtiene tanto en Japón como en Estados Unidos.

Bomba Hiroshima

La nube atómica sobre Hiroshima vista desde Matsuyama

La mayoría de los japoneses prefieren pasar de puntillas por este pasaje de su historia reciente. Incluso los supervivientes de la devastación atómica, los tristemente conocidos como “hibakusha” (被爆者), se han convertido en unos olvidados y no han recibido ni el reconocimiento social ni las ayudas económicas necesarias por parte de los sucesivos gobiernos japoneses.

El final de la guerra supuso también el principio de la ocupación norteamericana. El general MacArthur, comandante en jefe de las fuerzas aliadas para la supervisión de la ocupación del archipiélago, diseñó un plan para reconstruir Japón a imagen y semejanza de Estados Unidos, redactando una Constitución, instaurando un sistema de partidos e implantando una economía ultracapitalista. El férreo control norteamericano y la complicada posición del emperador Hirohito, al que la rendición le había convertido de la noche a la mañana en un ser terrenal, empezaron a tejer con el paso del tiempo un tupido velo de silencio sobre el lanzamiento de las bombas atómicas, a las que el propio Hirohito, en una rueda de prensa – la primera que concedía un Emperador en la historia – definió como “un suceso inevitable y necesario”. Seguramente esa respuesta, que en aquel momento sorprendió y avergonzó a muchos japoneses, formaba parte de los acuerdos firmados con el general MacArthur para preservar la institución y también su propia vida. No hay que olvidar que el primer ministro Hideki Tojo, seis ministros del gobierno y varios altos cargos militares fueron juzgados y ejecutados. Sin embargo, MacArthur convenció al presidente Truman para mantener con vida al Emperador Hirohito, porque pensaba que su ejecución desencadenaría una ola de violencia y acrecentaría el odio hacia los norteamericanos. Además la figura del Emperador, modernizada y desvinculada de su origen divino, se convertiría en el eje vertebrador de la radical transformación que el general MacArthur planeaba para la sociedad japonesa.

El origen de la bomba de Hiroshima

En los primeros años de la década de los años cuarenta, el ejército de Estados Unidos, con la ayuda de Reino Unido y Canadá, empezó a investigar en secreto la forma de fabricar una bomba atómica. Una carta de Albert Einstein a Franklin D. Roosevelt fechada en 1939 advertía de la posibilidad de fabricar bombas extraordinariamente potentes utilizando el uranio como una nueva e increíble fuente de energía. Las investigaciones de los científicos Enrico Fermi, Leó Szillárd, Edward Teller y Eugene Wigner así lo confirmaban.

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El científico Robert Oppenheimer y el general Leslie Groves, los dos máximos responsables del Proyecto Manhattan. Foto: Wikimedia Commons

En octubre de 1941, sólo dos meses antes de que Estados Unidos entrase en la II Guerra Mundial tras el ataque japonés a Pearl Harbor, el gobierno norteamericano puso en marcha el Proyecto Manhattan, cuyo objetivo era fabricar la bomba atómica antes que los nazis y puso al frente del proyecto al científico Robert Oppenheimer. Cuatro años después, y tras una inversión total de más de 2 billones de dólares, el 16 de julio de 1945 los norteamericanos realizaron con éxito el primer ensayo atómico en el desierto de Alamogordo (Nuevo México). El ejército alemán se había rendido un mes antes, el 7 de mayo, por lo que Alemania ya no sería el objetivo de la bomba y se empezó a plantear la posibilidad de lanzarla sobre Japón, con quien Estados Unidos mantenía una cruenta lucha en el Pacífico.

El presidente Harry S.Truman avisó al ejército japonés del inminente lanzamiento de una nueva bomba de efectos devastadores si no aceptaban una rendición incondicional. Ante su negativa y después de muchas deliberaciones, el presidente Truman autorizó el lanzamiento de la bomba atómica sobre la ciudad de Hiroshima.

Hiroshima antes de la bomba

En el verano de 1945 Hiroshima era una ciudad asolada por los bombardeos norteamericanos. Las provisiones escaseaban, la mayoría de los hombres en edad militar estaban alistados en el ejército imperial y las mujeres se las ingeniaban para dar de comer a sus familias. Hiroshima era un importante centro militar y una base naval de primer orden. Frente a sus costas acechaban amenazantes decenas de portaaviones norteamericanos desde los que despegaban los B-29 que aterrorizaban a la población con sus continuos bombardeos.

En agosto de 1945 Hiroshima era una ciudad de un millón de habitantes y su puerto atraía una importante actividad comercial. A pesar de la guerra sus habitantes intentaban mantener la normalidad, los niños acudían a la escuela, las tiendas estaban abiertas y los tranvías llevaban a la gente a sus hogares y sus lugares de trabajo. La ciudad estaba repleta de refugios antiaéreos, a los que sus habitantes acudían con demasiada frecuencia para protegerse de los bombardeos norteamericanos.

La explosión

A las 8:15 del lunes 6 de agosto de 1945 un bombardero estadounidense B-29, al que su piloto Paul Tibbets había bautizado con el nombre de Enola Gay en honor a su madre Enola Gay Tibbets, lanzó una bomba de uranio sobre Hiroshima, la célebre Little Boy. Cincuenta y cinco segundos después de su lanzamiento, la bomba se situó a 600 metros sobre la ciudad, la altura determinada para su explosión. La detonación produjo una explosión equivalente a 13 kilotones de TNT y la temperatura superó el millón de grados centígrados, creando una inmensa bola de fuego que se expandió en menos de un segundo más de 250 metros de diámetro.

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La tripulación del B-29 “Enola Gay”. Licencia: Wikimedia Commons

Una columna de humo comenzó a ascender rápidamente formando una gigantesca nube con forma de hongo que empezó a crecer y llegó a alcanzar 800 m de alto y unos 3.000 de ancho. La explosión, que pudo sentirse hasta casi 60 kilómetros de distancia, rompió los cristales de las ventanas de los edificios que se encontraban a menos de 15 kilómetros. Unas 140.000 personas murieron instantáneamente, muchas de ellas literalmente desaparecieron, se volatilizaron, y la ciudad se convirtió en un infierno, llena de incendios por todas partes. El 70% de los edificios fueron destruidos y la ciudad se convirtió en una enorme superficie de tierra carbonizada.

Una media hora más tarde una extraña lluvia de color negro empezó a caer sobre la zona noroeste de la ciudad. Se trataba de una lluvia radiactiva, la llamada “lluvia negra”, que fue provocada por las corrientes de aire caliente que surgieron de los incendios y que elevaron a la atmósfera algunos de los isótopos radioactivos que había provocado la detonación. Muchos supervivientes recibieron la lluvia como un alivio para sus terribles quemaduras e incluso la bebieron, sin saber que esa lluvia negra estaba esparciendo sobre sus cuerpos una contaminación radioactiva que les provocaría a lo largo de las próximas semanas horribles enfermedades como ceguera, leucemia o tumores malignos.

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Licencia: Hiroshima Peace Memorial Museum/Gonishi Kimura/Reuters

Los “hibakusha”, cuando sobrevivir se convierte en una pesadilla

Hibakusha (被爆者?) es una palabra japonesa que significa “persona bombardeada” y se utiliza en Japón para designar a las personas que sobrevivieron a los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki. Según datos oficiales existen más de 360.000 hibakusha, y la mayoría han padecido enfermedades y desfiguraciones provocadas por la radiación.

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Una víctima del bombardeo de Hiroshima. Licencia: Creative Commons

Los hibakusha, entre los que hay que incluir también a muchos de los hijos de los supervivientes que heredaron algún tipo de enfermedad o malformación, han sufrido además un rechazo social, provocado sobre todo por el temor a un posible contagio. Ese rechazo ha sido tan generalizado que muchos hibakusha han tenido que enfrentarse a graves problemas sociales y económicos a lo largo de su vida, y los sucesivos gobiernos tanto nacionales como locales no les proporcionaron suficientes ayudas para paliar su situación. Por este motivo muchos hibakusha, si no presentaban pruebas visibles de sus enfermedades, prefirieron mantener su problema en secreto. Con el paso de los años los avances científicos demostraron que no existía ningún peligro de contagio y poco a poco los hibakusha empezaron a integrarse en la sociedad japonesa, aunque en muchos casos el daño psicológica ya era irreparable. En 1956 un amplio grupo de supervivientes formaron la organización Nihon Hidankyō (日本被団協), que nació con un doble objetivo: presionar al gobierno japonés para que destinara ayudas a los supervivientes de las bombas nucleares y trabajar para la abolición de las bombas atómicas en todo el mundo.

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Un superviviente de la bomba de Nagasaki cuenta su experiencia a un grupo de jóvenes durante un congreso internacional celebrado en Viena

“En este rincón del mundo”, una nueva mirada al drama de Hiroshima 

en-este-rincon-del-mundo“En este rincón del mundo” (Kono Sekai no katasumi ni) es un anime dirigido por Sunao Katabuchi y basado en el manga de Fumiyo Kuono, que llega ahora a las pantallas españolas, un año después de su estreno en Japón y después de recibir numerosos reconocimientos internacionales, como el premio a la mejor película de animación de la Academia de Cine Japonesa o el premio del jurado en el Festival de Annecy (Francia).
Aunque la película arranca en la década de 1930, la mayor parte de la acción se sitúa en 1944 y narra la historia de Suzu, una joven de 18 años que abandona su ciudad natal, Hiroshima, para trasladarse a la pequeña ciudad costera de Kure, a unos 20 km de distancia, donde deberá casarse con Shusaku, un joven funcionario del Tribunal Militar, al que apenas conoce. El contexto es crucial, la trama se sitúa en plena Segunda Guerra Mundial y a sólo un año del terrible lanzamiento de la bomba atómica.
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Suzu le encanta dibujar, es una joven alegre e inquieta, y de repente tiene que enfrentarse a una nueva vida, en un nuevo hogar, junto a una familia que no es la suya. Por suerte para la inocente Suzu, su marido es un joven atento y educado, por el que poco a poco va sintiéndose atraída, sus suegros son muy amables, su cuñada, pese a su difícil carácter, avinagrado por un triste pasado, es una mujer de buen corazón, y la pequeña Harumi es un niña encantadora y llena de vida.
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La película se enmarca en uno de las etapas más duras en la historia de Japón, dentro de una crisis donde el hambre y la escasez hacían estragos en la población. La Guerra del Pacífico había llegado a las costas japonesas, todos los hombres en edad militar habían ingresado en el Ejército Imperial y las mujeres mantenían a flote a sus familias con más imaginación que recursos reales. En aquellos años, la ciudad portuaria de Kure era además un enclave militar estratégico y eso la había convertido en uno de los blancos esenciales de los bombardeos norteamericanos. Los refugios antiaéreos se habían convertido en un lugar habitual para los habitantes de Kure, que intentaban conservar la normalidad pese a las bombas y la falta de suministros. Así transcurren los días en la nueva vida de Suzu, hasta que los bombardeos se intensifican y llega el tristemente célebre 4 de agosto de 1945, cuando EEUU decidió lanzar la primera bomba atómica sobre la ciudad de Hiroshima.
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“En este rincón del mundo” es el cuarto largometraje de Sunao Katabuchi,aunque es el primero que se estrena en España. Anteriormente Sunao Katabuchi dirigió “Princess Arete” (2001), “Mai Mai Miracle” (2009) y “Black Lagoon: Roberta´s Blood Trail” (2010), además de series de TV como “Street Fighter” (1995), “Lassie” (1996) y “Black Lagoon” (2006).
“En este rincón del mundo” no es la primera película que aborda el controvertido y polémico bombardeo de Hiroshima. En 1984 Mori Masaki dirigió “Hiroshima”, una obra perturbadora y brutal, que muestra los devastadores efectos de la bomba atómica sobre la población de Hiroshima. Más tarde, en 1988 fue Isao Takahata quien en la aclamada “La tumba de las luciérnagas” aportó una visión del holocausto nuclear que ha convertido a esta película en una obra de culto para muchos cinéfilos. Sin embargo “En este rincón del mundo” no es una película sobre la bomba atómica de Hiroshima, es una película sobre la grandeza del ser humano, sobre el amor, sobre la pérdida y sobre la superación.
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“En este rincón del mundo” es una película delicada, auténtica, repleta de ternura pero ambientada en una época terrible, se trata de la crónica de un holocausto anunciado, una historia de héroes en un mundo sin sentido, una angustiosa cuenta atrás que atrapa al espectador desde la primera escena y le mantiene en vilo hasta el final.
La película nació con el objetivo de conmemorar el 70 aniversario de las bombas de Hiroshima y Nagasaki, que provocaron cerca de cien mil muertos, pero no plantea en ningún momento una recreación documental de la tragedia, sino que se centra en la vida cotidiana de las familias japonesas que, a pesar de las dificultades, el miedo y el dolor que provoca siempre una guerra, intentan impregnar sus vidas de normalidad.
Pese a su delicadeza visual y la belleza de sus trazos, “En este rincón del mundo” es una obra impregnada de dolor, cuya historia encoge el corazón y transporta al espectador al corazón del Japón de 1945, en plena Guerra del Pacífico, y bajo los constantes bombardeos del ejército de EEUU.