Por qué es el tiempo de Hiroshima, por Suso Mourelo

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Un post escrito por Suso Mourelo*

No había previsto ir a Hiroshima. Ese nombre, como a casi todo el mundo, me sonaba a tristeza. Llevaba años soñando con ir a Japón, el país que conocía por la literatura, y solo pensaba en los placeres del viaje. Iba a recorrer despacio su piel siguiendo un mapa bonito, los lugares donde transcurrían las novelas de mis autores preferidos: la pequeña isla de pescadores en la que Yukio Mishima sitúaba El rumor del oleaje, el pueblo de montaña en el que Yasunari Kawabata emplazó País de nieve, la Osaka de las historias de Junichirô Tanizaki, las dunas de Tottori que se tragaron a un hombre en La mujer en la arena de Kôbô Abe, los barrios tokiotas de la vida intensa de Osamu Dazai…

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Mi ruta la constituían relatos de amor y celos, de traiciones y venganzas, de pasiones y desengaños. Páginas como la vida. Hiroshima quedaba fuera de ese mapa: protagonizaba libros de historia y artículos de prensa, en una uniformidad de la tragedia que desbordaba cualquier novela. Cada uno traza su periplo según sus deseos y los míos estaban marcados por los desconsuelos sentimentales de la literatura. Ir a Hiroshima, a la historia, me daba pereza. O miedo.

Alguien me regaló un libro. Se llamaba Lluvia negra, de Masuji Ibuse. El autor había tardado más de veinte años en contar esa historia, un relato de los efectos de la bomba atómica en la población. No era un informe, era un relato bello y triste: la historia de Yasuko.

Yasuko, una joven no especialmente atractiva ni destacable, vive fuera de Hiroshima, pero ha tenido la poca fortuna de ir a la ciudad el peor día, el 6 de agosto de 1945. Sus tíos se sienten responsables de ella y su objetivo es que encuentre marido; conciertan encuentros con pretendientes, pero estos desconfían: conocen los rumores de que fue a la ciudad cuando estalló la bomba y tal vez esté enferma del mal de la radiación. Para demostrar que está sana, sus tíos transcriben los diarios de ella y los suyos durante aquel día. El tío traza un recuento de su deambular en Hiroshima en las horas posteriores a la explosión, en un fiel retrato de la desolación. La verdad no acompaña los deseos: Yasuko está verdaderamente enferma.

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El libro era sorprendente, conmovedor y sensible. Sonaba a ficción y a realidad, a ganas de vivir y a la imposibilidad de hacerlo. Su argumento era diferente a los otros libros que me guiaban. La imposibilidad de amar no dependía de algo personal, sino de un elemento exterior, extraño, impuesto. De un robo de la vida. Era otra cosa. Me decía eso para no ir, para no quebrar mi placer viajero con un nombre demasiado poderoso. Demasiado pesado.

Algo sucedió. Cada día, esa historia venía a mí. Esa Yasuko me decía que fuera, que no tuviera miedo. Un día lo hice. Tomé un tren desde Osaka. En un par de horas aparecí en un lugar lleno de niños, de bicicletas, de gente que sonreía. El sol tomó la mañana y anduve sin rumbo. Los ríos cruzaban la ciudad y los árboles llenaban las riberas. El agua reflejaba jardines y edificios de nueva construcción como si quisiera duplicarlo todo, en un intento por retener y ofrecer la vida para siempre. Las mujeres hablaban y comían bollos en los cafés, las tabernas se llenaban, los adolescentes tocaban la guitarra. Todo el mundo parecía haberse lanzado a celebrar la existencia. Las imágenes de mi prejuicio y la realidad no se parecían en nada. Apenas iba a estar unos días, pero ya la primera noche supe que volvería.

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Volví un mes después. Y regresé al año siguiente, me quedé en primavera y en otoño. Hiroshima cambió mis planes y mi rutina. Me establecí en la ciudad y convertí esos cafés que había visto en mis escritorios y los tranvías, en mi medio de transporte. Sentí que tenía que escribir lo que veía, lo que sentía, la resurrección de una ciudad a la que los occidentales nos acercamos con desconocimiento y prevención. Día a día escuchaba a quienes ya eran mis amigos y a quienes conocía en cada paso. Todos habían nacido después del día que marcó a la ciudad y al mundo. Era esa nueva vida la que quería contar. Pero sentí que sería injusto no recordar a quienes no habían tenido suerte, no escuchar a quienes habían sido testigos y víctimas de la crueldad.

Un día estuve con quien era un niño el 5 de agosto de 1945. Ese día había ido a ver a su madre, que acababa de parir, en un pueblo a las afueras de la ciudad. Le había prometido a sus abuelos, con quienes vivía, que estaría de vuelta esa noche. Rompió la promesa y se quedó junto a su hermanito recién nacido. Horas después, en la parada del tranvía a Hiroshima, vio un relámpago que no se apagaba y, aturdido, se dio la vuelta; segundos después oyó el trueno más grande y echó a correr.

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Era un hombre afortunado, le dije, y me miró sin alegría ni afectación. No, no lo era, se sentía culpable; si no hubiera incumplido su promesa no habría vivido para contarlo un día, tras muchos años de silencio. Haber disfrutado momentos de felicidad, los que no pudieron tener sus compañeros de clase, le había llenado de confusión.

Para los occidentales es difícil entender la capacidad de perdón de los habitantes de Hiroshima. No han pedido venganza, no odian solo desean que nada se olvide para que no se repita, en ningún lugar. Él y todos a quienes conocí en Hiroshima me invitaron a ver, a oír, a hablar y a contarlo. Me ofrecieron visitar los lugares bellos de la prefectura, la universidad de Hiroshima cercana a Saijio, la ciudad del sake; el estuario en donde se crían millones de ostras que van a los restaurantes de todo el país; los ríos llenos de árboles que plantaron los niños sobre las cenizas; el onsen de Matsuyama que se alcanza cruzando el mar interior; el santuario de Miyajima con su torii que flota sobre el agua…

Sí, quería hacerlo. Quería oír y ver, y contarlo. De Hiroshima se había escrito poco y casi siempre con la desgracia como centro. Yo quería contar cómo es hoy ese lugar que ama la vida, esa ciudad bañada por seis ríos y el mar de Seto, como una Venecia japonesa, donde cada atardecer las tabernas se llenas de historias y de risa.

 

*Suso Mourelo es escritor. Tras En el barco de Ise. Viaje literario por Japón, acaba de publicar Tiempo de Hiroshima (La línea del Horizonte, 2018)

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