Sexo y fetichismo en Japón

El sexo en Japón suele ser un tema completamente tabú. No es muy frecuente hablar de sexo en el entorno familiar, ni siquiera a veces en reuniones de amigos. Sin embargo, la sociedad japonesa está expuesta constantemente a contenido hipersexualizado, y la industria del sexo – conocida en Japón como mizu shobai) es una de las que más dinero genera en el país, moviendo al año más de 2,3 billones de yenes (alrededor de 20.000 millones de euros).

Cualquiera que haya visitado Japón sabe que es fácil encontrarse con cárteles gigantescos y muy llamativos en los que aparecen chicas sugerentes, normalmente con una estética manga, en posiciones y con atuendos muy provocadores. Estas imágenes no sólo pueden contemplarse en los barrios rojos o en zonas especializadas, sino que también pueden aparecer en grandes pantallas mientras paseas por barrios muy transitados como Akihabara o Shibuya. También es muy habitual encontrar revistas de contenido pornográfico a plena vista en los konbinis. 

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En los konbini suelen se venden muchas revistas porno y es frecuente ver a hombres hojearlas con toda naturalidad

Sin embargo, a pesar de esta constante exposición al sexo, los japoneses cada vez practican menos sexo en el ámbito conyugal, según demuestran varios estudios. 

La realidad es que la visión japonesa del sexo se ha visto condicionada especialmente por dos motivos: por un lado, la tendencia a la abstinencia sexual que está extendiéndose significativamente entre la población japonesa; y por otro lado, la controvertida y ambigua Ley Anti-Prostitución, promulgada en 1956. Esta ley, que a primera vista parece que prohibe la prostitución, en realidad permite su práctica siempre y cuando no exista penetración. Es decir, se consideran legales, por el ejemplo, el sexo anal o las felaciones. 

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Aprovechando este galimatías legal, en Japón fueron surgiendo sobre todo a partir de los años 60 numerosos negocios dedicados al sexo. Por ejemplo, los pink salonsburdeles en los que únicamente se ofrecen felaciones; o los imekura, negocios en los que las chicas se dedican a cumplir las fantasías sexuales de los clientes, a los que se les permite manosearlas o quitarles la ropa interior. Lo cierto es que en la mayoría de estos negocios también se practican las relaciones sexuales con penetración. Sin embargo, para evitar problemas con la ley, los empresarios aseguran que la penetración no es un servicio que se ofrezca en sus locales, y que si se produce, es de mutuo acuerdo entre la empleada y el cliente y, por tanto, no puede considerarse una transacción económica. De esta manera esquivan una ley que en realidad nunca se ha cumplido.

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Aparte de la prostitución, existen otras maneras de consumir sexo que también están muy extendidas. Es el caso del manga, por ejemplo. El manga pornográfico es extremadamente popular. Hentai (変態, se traduce como pervertido), es el nombre que se le da en Japón a este género del manga, que por supuesto contiene también un generoso arsenal de subgéneros. Entre los más populares debemos destacar el yaoi y el yuri. Estos tipos de manga hentai se centran en relaciones sexuales (y en ocasiones amorosas también) entre parejas homosexuales; el yaoi es hombre con hombre, y el yuri es mujer con mujer. Parece contradictorio que en un país donde la homosexualidad siempre se ha tratado con absoluta discreción estos manga tengan tanto éxito. La razón puede estribar en que el manga yaoi/yuri en realidad no está orientado al público homosexual, sino al heterosexual fetichista. Estos mangas los consumen hombres y mujeres que disfrutan viendo a dos personas del mismo sexo — opuesto al suyo —mantener relaciones sexuales.

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Es evidente que el sexo es un tema muy controvertido en Japón, y que incluso se afronta en algunos casos de forma extraña e incluso pervertida. En los últimos años conviven numerosas concepciones, que van desde el desinterés total que defienden los llamados hombres herbívoros hasta la venta de ropa interior usada en máquinas expendedoras.

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