Sexo en Japón: mitos, tabúes y leyendas

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“El Imperio de los sentidos” es una controvertida película dirigida por Nagisa Oshima, basada en un hecho real ocurrido en la década de 1930

El sexo en Japón atrae y desconcierta a partes iguales. En un país en el que la industria del porno es la más grande del mundo, también crece el número de hombres que no muestran ningún apetito sexual, son los llamados “hombres herbívoros” (Sōshoku danshi). En Japón el culto a las colegialas – cercano a la pedofilia – convive con el boom de los matrimonios sin sexo. En el país de los labu hoteru, hoteles que alquilan sus habitaciones por horas a los amantes más imaginativos, una parte significativa de la población aún defiende en pleno siglo XXI los miai o matrimonios concertados. Japón es un país de contrastes extremos y estaba claro que el sexo no iba a ser una excepción. Pero para adentrarnos en el mundo del sexo en el país del sol naciente, es necesario antes repasar su historia.

El sexo a lo largo de la historia de Japón

A diferencia de nuestra cultura occidental, donde el catolicismo siempre ha contemplado el sexo como una actividad pecaminosa y la prostitución como un acto degradante, el sintoísmo y el confucianismo siempre han entendido ambos conceptos como refuerzos del orden y la cohesión del grupo.

Mientras en Occidente la tradición religiosa ha creado una imagen del cuerpo como una fuente de pecado y ha desplazado el sexo al ámbito de la más estricta intimidad, en Japón el sexo se ha percibido históricamente con una mayor naturalidad, y ha ocupado un lugar destacado en el orden social. Por ejemplo, “en las sociedades agrarias y pescadoras del antiguo Japón las relaciones sexuales se podían ejercitar abiertamente dentro y fuera de la familia” concluye Carlos Rubio, profesor y traductor, experto en literatura japonesa, en su libro “El Japón de Murakami”. Por su parte, Takamure Itsue, poeta y feminista japonesa y autora de la monumental “Historia de las mujeres”, afirma que en las primeras poblaciones japonesas el cuidado de los hijos era responsabilidad de todo el grupo y que incluso en determinadas festividades estaba permitida la promiscuidad entre hombres y mujeres. Actualmente quedan vestigios de estas costumbres, como el Kanamara Matsuri (Festival del Pene), que cada año se celebra en el santuario de Kanayama, situado en Kawasaki, una localidad cercana a Tokio; o el Ososo Matsuri (Festival de la Vagina), que se celebra en el santuario de Ooagata, en Inuyama. Fiestas religiosas de esta índole, que exaltan de forma explícita la fertilidad y la armonía sexual, son absolutamente impensables en nuestra cultura occidental judeocristiana, y sin embargo en Japón reúnen cada año a decenas de miles de seguidores. En concreto, el Kanamara Matsuri se celebra en torno a un altar llamado Wakaiya Hachimangu, que esta dedicado desde el Período Edo (1603-1868) a la salud sexual. Desde entonces, los devotos y los supersticiosos acuden allí para prevenir o curar enfermedades de transmisión sexual.

Hombres herbívoros y mujeres carnívoras

En un artículo publicado el 13 de octubre de 2006 el periodista Maki Fukusawa acuñó el término hombre herbívorosôshoku danshi (草食()男子)” para referirse a un perfil de hombre japonés que mostraba un total desinterés por las relaciones sexuales. Años más tarde, en el año 2013, un estudio concluyó que en Japón alrededor del 60% de los hombres entre 20 y 40 años se consideraban hombres herbívoros, y es más que probable que esa cifra haya aumentado desde entonces. ¿Pero cuáles son los rasgos que caracterizan a los hombres herbívoros? Se trata de hombres caseros, tranquilos, sensibles y obsesionados con el aseo personal. No les interesa el éxito profesional y disfrutan con actividades como la cocina o la jardinería. Los más jóvenes reparten su tiempo entre videojuegos, anime, manga, los maid cafés y la pornografía. La mayoría anteponen el ahorro al consumo desaforado, y suelen tener muchas amigas, pero no buscan sexo con ellas, sino una amistad desinteresada.

Entre los factores sociales y económicos que han impulsado este fenómeno destaca la inestabilidad laboral, ya que muchas mujeres se niegan a mantener relaciones con hombres desempleados o con una situación laboral precaria. Incluso muchas mujeres japonesas rechazan a los hombres herbívoros argumentando falta de virilidad. Otra de las causas estriba en la confusión en la que viven muchos hombres japoneses, que han sido educados por madres sobreprotectoras y dentro de una sociedad profundamente machista, y que ahora se enfrentan a un nuevo modelo de mujer, activa y segura de sí misma, que nunca habían conocido.

Curiosamente en los últimos años el fenómeno se ha extendido también entre las mujeres. Según una reciente encuesta realizada entre mujeres de edades comprendidas entre 16 y 19 años, el 59% manifestaron no estar interesadas en el sexo, un porcentaje muy superior al de los hombres. En el caso de la población más joven, según un estudio de la Asociación Japonesa de Educación Sexual, casi la mitad de las japonesas universitarias son vírgenes y el 45% de chicas entre 16 y 24 años “no están interesadas o desprecian los contactos sexuales”. En los chicos, esa cifra ascendía al 25%.

sexo-japon-colegialasEn Japón existe una auténtica obsesión por los uniformes, y especialmente el uniforme de las colegialas

Pero como en Japón las contradicciones forman parte de su esencia, en estos tiempos también ha surgido otro fenómeno social denominado mujeres carnivorasnikushoku joshi (肉食女子). Se trata de mujeres que buscan sexo abiertamente o que buscan una pareja tomando ellas la iniciativa desde el primer momento. Rondan la treintena, visten de forma elegante y suelen tener trabajos bien remunerados. Se las puede ver frecuentando los bares de singles a la caza de una nueva presa. Sus relaciones no suelen durar mucho tiempo, ya que su fuerte personalidad intimida a muchos hombres. En una cultura profundamente machista, este perfil de mujer no encaja fácilmente en la estructura social japonesa y suelen ser tachadas por muchos hombres de prostitutas.

La prostitución en Japón, casi una cuestión de Estado

Hasta 1956 la prostitución era una actividad legal en Japón, pero ese año las tropas de ocupación norteamericanas – que aún controlaban por aquellas fechas el archipiélago – promulgaron la Lay Anti-Prostitución. Fue un triunfo de la visión puritana del sexo sobre el modelo nipón, más permisivo con los impulsos naturales. Hasta entonces la prostitución había funcionado en Japón como un factor de cohesión y cumplía una función en aras del orden social. Por ejemplo, como afirma el profesor Carlos Rubio en su ensayo El Japón de Murakami “el desarrollo de la industria del burdel en las principales urbes del Japón del siglo XVII fue fruto de la adopción del neoconfucianismo como filosofía de Estado”. Dentro de este sistema ético-político, el cabeza de familia gozaba de la lealtad incondicional de todos los miembros, pero por otra parte la más mínima muestra de afecto hacia su esposa se considerada impropia de su condición. Además, muchas familias pobres enviaban a sus hijas a los burdeles porque no podían mantenerlas. La mujer era una figura sumisa, en muchos casos era tratada prácticamente como una esclava, y las manifestaciones de ternura hacia ella se consideraban perniciosas para la armonía social. Ante esa visión de su propia esposa muchos hombres empezaron a acudir a burdeles con frecuencia en busca de relaciones con prostitutas.

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Prostitutas en exhibición en el distrito de Yoshiwara durante el Periodo Edo – Wikipedia

A lo largo de los siglos XVIII y XIX las autoridades militares potenciaron el desarrollo de los llamados barrios del placer (yukaku 遊廓), donde convivían en perfecta armonía actores y actrices, samurais, aristócratas, proxenetas, comerciantes ricos, monjes budistas, campesinos acaudalados, señores feudales y travestis. Los barrios del placer actuaban de válvula de escape dentro una sociedad con una estructura social muy férrea. El yukaku más famoso de aquella época se encontraba en Edo, la actual Tokio, se llamaba y albergaba a más de dos mil prostitutas.

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Esta visión cambió radicalmente a finales del siglo XIX con la llegada del “civilizador” Occidente. La efectos modernizadores de la Restauración Meiji (1866-1869) provocaron que muchas costumbres se considerasen anticuadas y poco edificantes, entre ellas la prostitución, que sufrió ciertas limitaciones. También fueron considerados “asiáticos y atrasados” el concubinato – aunque el propio Emperador lo practicaba – o los matrimonios concertados o miai, que incluso actualmente han sobrevivido en la sociedad japonesa. A finales del siglo XIX y principios del XX grupos de inspiración cristiana iniciaron una cruzada para aliviar la situación de numerosas prostitutas, pero a pesar de su iniciativa, en 1930 existían más de 500 barrios del placer en las grandes ciudades. De hecho, hasta la llegada de la Ley Anti-Prostitución promulgada por las tropas norteamericanas en 1956, la prostitución fue una actividad institucionalizada y ejercida de forma pública y notoria en Japón. Pero la nueva ley sólo declaraba ilegal el coito, con lo cual quedaba vía libre para el sexo oral, el sexo anal o el sexo intercrural.

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“Historia de una prostituta” (1965) es una película de Seijun Suzuki que narra la historia de una prostituat en el frente de Manchuria durante los meses previos a la Segunda Guerra Mundial

Por otra parte la Guerra del Pacífico y en especial sus secuelas sobre la población empujaron a muchas jóvenes japonesas a la prostitución, estimándose en más de medio millón las mujeres que hacían la calle para ganarse la vida en la década de los años 50. Fueron conocidas como las mujeres panpan.

La industria japonesa del porno, la más grande y variada del mundo

La industria del sexo – conocida en Japón con el eufemístico nombre “comercio del agua” (mizu shobai) – mueve al año más de 2,3 billones de yenes (alrededor de 20.000 millones de euros). Se trata de un gigantesco conglomerado industrial cuyos tentáculos alcanzan a numerosas actividades, como la prostitución, el manga, el cine o la hostelería.

Dentro de la industria del porno se integran las Casas de Baño, donde los clientes reciben un completísimo masaje practicado por chicas o chicos; los Salones Rosas, que se identifican por este color y por exhibir en sus fachadas la palabra inglesa “Pink”; los Peep-Shows, los Telekura o servicios de citas a través del telefóno; los Sex Shops; los Clubs de streeptease, los Love hotels o labu hoteru, los servicios de chicas a domicilio, los kiabakura, cafeterías donde las camareras ofrecen conversación a los clientes sentadas en su regazo, los servicios de enjo kosai, que consisten en que chicas adolescentes son contratadas para hacer compañía a hombres mayores o para practicar sexo con ellos. Según un reportaje emitido por la BBC un 30% de las colegialas japonesas recurre al enjo kosai.

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En los konbini suelen se venden muchas revistas porno y es frecuente ver a hombres hojearlas con toda naturalidad

Sólo en el pequeño barrio tokiota de Kabukicho (0,34 kilómetros cuadrados), en Shinjuku, se concentran más de 3.400 establecimientos relacionados con la industria pornográfica. También forman parte de esta poderosa industria la venta de muñecas hinchables, los Clubes de Imagen o imekura, donde las empleadas se disfrazan con todo tipo de uniformes para satisfacer las fantasías sexuales de los clientes; los rorikon – una derivación de “Lolita complex” – las relaciones sexuales entre hombres adultos y adolescentes; o la burusera, la compraventa de ropa interior usada. Esta singular actividad pone en evidencia el enfermizo interés que sienten muchos hombres japoneses por la ropa interior femenina, en especial la de las mujeres más jóvenes.

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En las grandes urbes de Japon es frecuente encontrar todo tipo de tiendas que recurren a figuras de chicas jóvenes como reclamo visual

También merece una mención aparte el fenómeno de los tocamientos a las mujeres que se producen en los vagones de metro. En la década de los años 90 fueron tan numerosas las quejas, que muchas compañías de transporte decidieron habilitar vagones de uso exclusivamente femenino en las horas punta del día.

Como se puede comprobar, el sexo en Japón se vive entre dos fuerzas antagónicas; mientras en un extremo la perversión campa a sus anchas, en el otro extremo sólo existe el desinterés más absoluto. También es evidente la distancia que separa a la visión occidental del sexo, próxima al amor y a la complicidad erótica, de la visión nipona, más desinhibida y social.

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