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“Hiroshima”, el reportaje que cambió la opinión mundial sobre la bomba atómica

El 31 de agosto de 1946 la revista The New Yorker publicó un reportaje que está considerado hoy como el mejor artículo del periodismo estadounidense del siglo XX. 

Su autor fue John Hersey, un corresponsal de guerra y escritor galardonado con el Premio Pulitzer. En la primavera de 1946 recibió un encargo de la revista The New Yorker: viajar a Hiroshima con el objetivo de escribir un artículo que narrase el estado de devastación en el que se encontraba la ciudad japonesa tras el bombardeo atómico que sufrió unos meses antes, el 6 de agosto de 1945.

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John Hersey fotografiado por Carl Van Vechten. From Wikimedia Commons

Aquel artículo de 30.000 palabras y titulado simplemente “Hiroshima” alcanzó en pocos días una amplia repercusión en Estados Unidos y conmocionó a la opinión pública al revelar sin paños calientes las terribles consecuencias del bombardeo de Hiroshima.

En mayo de 1946 John Hersey viajó a Japón y durante tres semanas estuvo entrevistando a numerosos supervivientes del holocausto nuclear, comprobando sobre el terreno los horribles efectos de la bomba atómica. Durante su viaje cayó en sus manos el libro “El puente de San Luis Rey”, escrito por el novelista norteamericano Thorton Wilder, hijo de un diplomático que vivió durante su infancia en diversas ciudades de Asia. La estructura narrativa de la obra de Wilder, articulada sobre los testimonios de cinco personajes que cruzaron el puente de San Luis Rey, ubicado en la ciudad de Lima, justo cuando se desplomó durante el Virreinato del Perú bajo el Imperio Español en el siglo XVIII, inspiró a Hersey para dar forma a su artículo sobre la bomba de Hiroshima, El enfoque de la novela de Thorton Wilder, centrado en las personas, cambió la primera idea de Hersey, que pretendía centrarse en los lugares y las instalaciones. Estas decisiones de última hora supusieron una pequeña revolución en el estilo del periodismo de la época.

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La ciudad de Hiroshima fotografiada en octubre de 1945, dos meses después del lanzamiento de la bomba atómica. From Wikimedia Commons

Los personajes de “Hiroshima”

Durante su viaje John Hersey entrevistó a numerosos supervivientes del bombardeo y convirtió los seis testimonios más aterradores en la base de su reportaje.

Dr. Masakuzu Fujii: un médico brillante y pragmático que dirigía un hospital cerca del río Kyo y que sobrevivió gracias a que durante la explosión se encontraba fuera del hospital

Dr. Terufumi Sasaki: un joven médico de 25 años muy idealista que trabajaba para Cruz Roja y atendía a muchos pacientes gratuitamente , y que la mañana del 6 de agosto no cogió su tren habitual

Padre Wilhelm Kleinsorge: sacerdote jesuita alemán de 38 años con una salud frágil y enfermiza que sufrió los efectos de la radiación

Toshiko Sasaki: una joven de 20 años, empleada de una fábrica que se encontraba a un kilómetro del epicentro de la explosión y que sufrió una grave lesión en una pierna

Hatsuyo Nakamura: viuda de un sastre y madre de tres hijos que sufrió graves quemaduras y bebió agua contaminada

Reverendo Kiyoshi Tanimoto: pastor de la Iglesia Metodista que contrajo el síndrome de irradiación aguda por los efectos de la bomba

Los relatos de estos seis personajes configuraban un mosaico narrativo que permitía a John Hersey mostrar los efectos de la bomba de Hiroshima con un dramatismo y una emotividad nunca antes vistos en un reportaje periodístico.

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Artículo de John Hersey publicado en la revista The New Yorker

La censura norteamericana sobre el bombardeo de Hiroshima

Pocas semanas después, Hersey terminó su reportaje y en el último momento decidió no enviarlo desde suelo japonés. Sospechaba que las autoridades militares estadounidenses que dirigían la ocupación del archipiélago no iban a permitir que el texto saliera rumbo a Nueva York. Las fuerzas de ocupación ya habían incautado anteriormente fotografías, películas y reportajes que mostraban la realidad de Hiroshima con el objetivo de ocultar a la opinión pública norteamericana las terribles consecuencias del bombardeo atómico. El gobierno de Estados Unidos, presidido por Harry Truman, había dictado la orden de no mostrar a la población estadounidense los espeluznantes efectos de la bomba atómica sobre los seres humanos. Temían que pudiera crearse una corriente de opinión contraria a sus políticas militaristas y decidieron endulzar con una interpretación manipulada uno de los sucesos más horribles que ha protagonizado la raza humana a lo largo de su historia y que provocó la muerte a más de 160.000 personas.

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Vista aérea de Hiroshima en noviembre de 1945.Licencia: Hiroshima Peace Memorial Museum/US Army/Reuters

Así que Hersey se arriesgó a viajar a Nueva York desde Japón con el reportaje escondido en su equipaje y por suerte para la historia de la humanidad el periodista sorteó todos los controles. Si no hubiera sido por esa valiente decisión es posible que nunca hubiésemos sabido lo que ocurrió realmente en Hiroshima aquel 6 de agosto de 1945.

Cuando por fin Hersey llegó a Nueva York, los editores de The New Yorker, Harold Ross y William Shawn, supieron inmediatamente que tenían en las manos un reportaje extraordinario y decidieron preparar la edición bajo el más estricto secreto. Además tomaron otra decisión sin precedentes: iban a dedicar un número en exclusiva al reportaje, que recordemos que contaba con nada menos que 30.000 palabras.

La reacción de los lectores del artículo de John Hersey

Por fin el 31 de agosto de 1946 el artículo de John Hersey vio la luz con el sencillo título de “Hiroshima”. El The New Yorker lanzó una tirada de 300.000 ejemplares, que se agotaron en pocos días y a lo largo de las siguientes semanas el artículo también fue reproducido en otros muchos periódicos y revistas de todo el mundo. Incluso Albert Einstein intentó adquirir sin éxito 1.000 ejemplares del The New Yorker para enviarlos a sus colegas científicos y no tuvo más remedio que recurrir a copias.

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Licencia: Hiroshima Peace Memorial Museum/Gonishi Kimura/Reuters

El reportaje fue leído por millones de personas en todo el mundo y su repercusión fue espectacular. Su estilo narrativo, centrando la atención en personas inocentes – sacerdotes, secretarias, médicos, padres de familia -, gente normal y corriente cuyas vidas se vieron destrozadas por el lanzamiento de una bomba atómica, mostró al mundo la auténtica dimensión del terror que vivieron los habitantes de Hiroshima.

Hasta entonces jamás un reportaje periodístico había alcanzado una repercusión de tal magnitud, y millones de personas fueron conscientes gracias a John Hersey del peligro que encerraba la energía atómica para la humanidad.

El texto íntegro del reportaje se publicó más tarde convertido en un libro que contribuyó a aumentar la difusión del mensaje de John Hersey. 

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“Hiroshima” fue publicado como libro en todo el mundo

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7 rasgos que hacen que los japoneses sean como son

Para acercarse a la cultura japonesa es imprescindible conocer algunos conceptos que han cincelado la identidad del pueblo nipón desde hace siglos. A continuación os explicamos algunas claves culturales que os servirán de brújula para adentraros en la cultura japonesa. Sin un conocimiento básico de estas claves es imposible entender la idiosincrasia de un país tan complejo y apasionante como Japón.

1. Bushido

¿Cuántas veces has oído hablar de los samurais? A los samurais se les conocía también como “bushi”, que significa “guerrero”. Entre los siglos IX y XII desempeñaron un papel protagonista en la sociedad japonesa. “Bushido” (武士道) es un término que suele traducirse como “el camino del guerrero”. Se trata de un código ético que utilizaban los samurais para guiar sus vidas y dar sentido a sus actos. Consiste en un conjunto de normas muy estrictas que exigían lealtad y honor hasta la muerte.

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Tres samurais. Fotografía tomada por el mítico fotógrafo Kusakabe Kimbei (1841 – 1934)

El bushido se inculcaba todos los japoneses de las clases dirigentes y con el paso del tiempo se ha ido extendiendo a todos los hombres y mujeres que querían impregnar a sus vidas de valores elevados y de una conducta intachable.

El bushido ha bebido de cuatro fuentes principales: el confucianismo, del que heredó el culto y la adoración a los antepasados; el budismo, del que incorporó la aceptación de la muerte como una realidad ineludible; el zen, del que importó su búsqueda constante de la perfección; y el sintoísmo, del que integró su amor por todas los seres vivos.

El bushido es el resultado de diversas corrientes de pensamiento que se fueron integrando durante varios siglos e identificó a unos hombres que se distinguieron por tener un código moral basado en la nobleza y la lealtad.

Ese código moral del bushido reconocía siete virtudes: la justicia, el coraje, la benevolencia, el respeto, la honestidad, el honor y la lealtad.

A partir de 1600 las luchas que desangraron Japón durante siglos fueron cesando y el país empezó a evolucionar hacia una sociedad más modernizada y menos feudal. En ese nuevo contexto histórico, el papel de los samurais empezó a resultar anecdótico. En 1870 los samurais fueron oficialmente abolidos y tuvieron que buscarse nuevos empleos en las ciudades.

En la actualidad el espíritu del bushido está presente, por ejemplo, en las artes marciales o en el sumo,

2. Geishas

Las geishas son posiblemente uno de los iconos más populares y a la vez más controvertidos de la cultura japonesa. La palabra geisha (芸者) proviene de los fonemas chinos “Gei”, que significa “arte”, y “Sha” que significa “persona”. Es decir, una geisha puede definirse como una persona con habilidades en diferentes artes.

Su delgadez, su rostro blanquecino, su kimono o sus pasos rápidos y cortos son rasgos que siguen causando fascinación aún después de 400 años, fecha en la que se considera que surgieron las primeras geishas.

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Dos maiko maquillándose dentro del templo Kinkakuji de Kioto. Foto de Wikipedia con licencia Creative Commons

Una geisha (芸者) es una artista cuya función es entretener a sus clientes. Para ello utiliza artes como la danza, la conversación y la música, para las que es entrenada concienzudamente desde niña. Durante esa etapa de aprendizaje a las niñas y jóvenes se las conoce como maiko, y lucen vestidos, collares y peinados característicos. Alrededor de los veinte años, las maiko están preparadas para convertirse en geishas y se las considera así mediante una ceremonia denominada “erikae” (襟替え). cuyo significado literal es “cambio de cuello”. Durante la ceremonia la joven cambia el cuello rojo del kimono de la maiko por el blanco de la geisha. En Gion, el distrito de Kioto donde viven numerosas geishas, las recién iniciadas bailan una danza llamada Kurokami durante la ceremonia.

Algunas geishas cuentan con la protección de un danna, una especie de patrocinador que costea gran parte de sus gastos. Esta figura era muy frecuente en la antigüedad pero actualmente casi ha desaparecido. Los danna suelen ser hombres adinerados que quieren asegurarse una atención preferente por parte de una geisha. Los servicios que ofrece una geisha a su patrocinador se acuerdan mutuamente y pueden llegar en algunos casos a las relaciones sexuales. En este punto surge la polémica y muchas personas, sobre todo fuera de Japón, consideran a las geishas como una versión sofisticada de las prostitutas.

En cualquier caso, el código moral de las geishas es muy estricto y la vida de las geishas se rige por unas normas muy disciplinadas y rigurosas.

3. Sumo

El sumo (相撲) es probablemente el deporte más popular en Japón. Los campeones de sumo son estrellas mediáticas adoradas por ejércitos de fans. y a diferencia del béisbol o las carreras de caballos – los otros dos deportes rey en Japón – el sumo es autóctono del país y mantiene rasgos del sintoísmo.

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Luchador de sumo. Dibujo de Utagawa Kuniyoshi (1797 – 1861), uno de los últimos maestros japoneses de la técnica del ukiyo-e. Foto de Wikipedia bajo licencia Creative Commons

El sumo es un tipo de lucha en la que dos luchadores pugnan por enviar a su oponente fuera del dohyo, un circulo de 4,55 metros de diámetro que se enmarca dentro de un cuadrado de 6,7 metros en cada lado. Para que un luchador resulte victorioso basta con que una parte del cuerpo de su oponente, que no sea las plantas de los pies, toque el suelo fuera del dohyo.

Sólo existe una categoría llamada banzuke y todos los luchadores deben competir en la misma categoría, sea cual sea su peso.

No está permitido tirarse del pelo, atacar a los ojos o pegar con el puño cerrado.

A lo largo del año se celebran seis torneos o basho, los seis meses impares, es decir, enero, marzo, mayo, julio, septiembre y noviembre. Tres tienen lugar en Tokyo y los otros tres tienen como sedes Nagoya, Osaka y Fukuoka.

En total están registrados en Japón sesenta y seis luchadores profesionales que compiten en las dos ligas que existen.

Todos los luchadores consagran su vida al sumo y viven en un heya o gimnasio, en el que viven en comuna con una rutina muy estricta.

4. La reverencia en Japón

La reverencia u ojigi (お辞儀) puede parecer un saludo demasiado formal o solemne para los occidentales, pero en Japón se trata de un gesto cotidiano que se repite constantemente en todas las esferas de la vida diaria: en la familia, en la escuela, en el trabajo, en las tiendas. La reverencia es la forma habitual de saludo entre los japoneses, y existen diferentes tipos de reverencia según el momento y las personas que se encuentran.

Contrariamente a lo que piensan muchas personas en Occidente, el significado de la reverencia nada tiene que ver con la idea de humillación o sumisión. La referencia se utiliza para dar la bienvenida, para despedirse, para mostrar agradecimiento o para pedir perdón. Inclinarse ante alguien significa literalmente “entregar la cabeza” (頭を差し出す), y eso significa confiar en la otra persona. 

Los cuatro tipos de reverencia que se utilizan en Japón son:

1.   Eshaku (会釈): 15º de inclinación. Sirve para saludar a un amigo o un compañero de trabajo y también lo utiliza un superior para saludar a sus subordinados.

2.   Futsuurei (普通礼): 30º de inclinación. Se usa para saludar a un superior       

      dentro de la empresa y para dar la bienvenida a los clientes.

3.   Teineirei (丁寧礼): 45º de inclinación. Se utiliza para mostrar un

      agradecimiento sincero y profundo o para para pedir perdón.

4.   Saikeirei (最敬礼): 90º de inclinación. Sirve para pedir un favor muy

      importante o para pedir perdón tras haber cometido una falta muy

      grande.

El gesto de la reverencia está tan arraigado en los japoneses que muchos se inclinan cuando hablan por teléfono, cuando visitan las tumbas de sus antepasados o cuando van a comer en señal de agradecimiento ante los alimentos que tienen frente a ellos.

También existen diferencias entre hombres y mujeres a la hora de realizar una reverencia. Mientras los hombres se inclinan con los brazos pegados al cuerpo y las palmas de las manos pegadas a los muslos, las mujeres se inclinan cruzando ambas manos por delante.

5. Hiroshima

Es imposible profundizar en la identidad japonesa sin detenerse a analizar lo que significaron para el pueblo japonés las bombas atómicas lanzadas durante la Segunda Guerra Mundial. Japón es el único país del mundo que ha sufrido los efectos devastadores de unas bombas atómicas sobre su suelo.

Hiroshima (広島市) es una ciudad situada en la región de Chugoku, al oeste de Japón. Es tristemente famosa por haber sido el blanco de la primera bomba atómica lanzada sobre una población habitada. La bomba fue lanzada el 6 de agosto de 1945 y tres días después, el 9 de agosto, Estados Unidos lanzó una segunda bomba sobre Nagasaki.

Ambos ataques acabaron con la vida de 246.000 japoneses, de los cuales sólo la mitad fallecieron los días de los bombardeos. El resto perdieron la vida durante los meses y años siguientes, víctimas del envenenamiento por radiación, leucemia y diversos tipos de cánceres.

El 15 de agosto de 1945, siete días después del bombardeo sobre Nagasaki, el ejército japonés anunció su rendición incondicional, lo que significó el fin de la Segunda Guerra Mundial y marcó el inicio de un periodo de ocupación estadounidense, que concluyó, siete años después, el el 28 de abril de 1952. Fue la primera y única vez que Japón ha sido ocupado por una potencia extranjera.

¿Por qué el ejército americano eligió Hiroshima para lanzar la primera bomba atómica?

El Comité para la elección de los objetivos había recomendado HiroshimaKiotoYokohama y Kokura porque eran ciudades cuya superficie superaba los 4,8 km. de diámetro y donde la explosión causaría graves daños,

En 1945 Hiroshima contaba con una fuerte industria y era clave para la fabricación de armamento, albergaba un importante depósito de armas y ofrecía una estratégica salida al mar a través de su puerto de embarque. Además, las montañas que rodean la ciudad concentrarían la explosión y multiplicarían los daños.

Para los aliados era esencial que el bombardeo tuviera un efecto psicológico devastador sobre el pueblo japonés. De esa forma la rendición inmediata estaría asegurada. Finalmente Hiroshima y Nagasaki fueron las elegidas. La decisión de no lanzar la bomba sobre Kioto se atribuye a Henry L. Stimson, secretario de Guerra, que parece que pasó su luna de miel en Kioto y admiraba su belleza.

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Hiroshima: Cúpula Genbaku, un monumento a la Paz. Foto Wikipedia bajo licencia Creative Commons

La huella que han dejado sobre el pueblo japonés las dos bombas atómicas lanzadas en 1945 aún está presente en la psique colectiva. Pese a la discreción de los japoneses, su tendencia al silencio sobre el pasado imperialista del país y el aparente olvido que impusieron las autoridades, con el Emperador Hirohito a la cabeza, Hiroshima es un símbolo de la sinrazón, un monumento a la destrucción y al horror.

Los que quieran profundizar en este suceso, tan triste como determinante para el curso de la historia japonesa, no deben dejar de visitar el Museo Conmemorativo de la Paz de Hiroshima (広島平和記念資料館).

6. Cerezo en flor

El cerezo en flor o sakura (桜) es uno de los símbolos más emblemáticos de la cultura japonesa. Los japoneses disfrutan contemplando la floración de los cerezos en primavera y dan largos paseos para deleitarse con la belleza de ese fenómeno natural. Los parques y jardines se tiñen de blanco y rosa y las ciudades reciben esta explosión de vida con curiosidad y admiración.

La vida de la flor del cerezo es muy corta, apenas dura un par de semanas, por lo que, si viajas a Japón en primavera y quieres disfrutar de su belleza, no debes dejarlo para el último momento. Durante la primera semana las flores alcanzan su esplendor (mankai), y a lo largo de la segunda semana los cerezos van dejando caer sus hojas.

Cerezos en flor en el Parque Takaoka Kojo en Takaoka. Foto Wikipedia bajo licencia Creative Commons

Cerezos en flor en el Parque Takaoka Kojo en Takaoka. Foto Wikipedia bajo licencia Creative Commons

Durante estos días los japoneses pasean y disfrutan haciendo picnics en los parques. A esta actividad se la conoce en Japón como “hanami”, que significa literalmente “contemplar las flores”. Es una antigua tradición que aún pervive con fuerza y que demuestra una vez más la admiración del pueblo japonés por la belleza presente en la naturaleza.

Son muchos los lugares donde disfrutar del hanami se convierte en un auténtico espectáculo. Entre los más visitados cada año suelen estar el monte Yoshino, dentro de la prefectura de Nara, que cuenta con más de 3.000 cerezos; el Parque Inokashira, situado al oeste de Tokyo y conocido por albergar el Museo Ghibli, cuyo río Sakura acoge a cientos de personas que lo navegan subidos a pequeñas embarcaciones desde donde observan los cerezos de ambas orillas; y el Parque Maruyama, localizado en Kioto, en el barrio de Gion, que cuenta con un sofisticado sistema de iluminación que permite disfrutar el hanami durante la noche.

Para los japoneses la floración de los cerezos representa la fugacidad de la vida, su transitoriedad, y para muchos contiene un alto valor espiritual.

7. Pena de muerte

Fuera de Japón muy poca gente conoce que la pena de muerte es legal en el país del sol naciente. En un país donde los índices de criminalidad son extremadamente bajos, la pena capital se aplica en los casos de homicidio y traición. Una contradicción más en el país de los contrastes.

En la sociedad japonesa no existe un debate abierto sobre la pena de muerte, en realidad la gente muestra una sorprendente pasividad y sólo un 9,7% de los japoneses se manifiestan a favor de su abolición. Esta noticia emitida en RTVE y que muestra imágenes grabadas por una cadena de TV japonesa es muy ilustrativa. Además, los ecos del caso de Iwao Hakamada, que pasó 42 años en una cárcel esperando su ejecución por un crimen que no cometió, llegaron a todos los rincones y fue utilizado por los detractores de la pena de muerte en todo el mundo para denunciar esta violación de los derechos humanos. Japón es, junto con Estados Unidos, el único país del G-8 que tiene institucionalizada la pena de muerte en su legislación.

Este vídeo cuenta el caso de Iwao Hakamada, el hombre que más tiempo estuvo condenado a muerte en el mundo. Estuvo 42 años en el corredor de la muerte en Tokio hasta que fue liberado, cuando se demostró su inocencia.

Durante la Edad Media (siglos XII – XVI) la pena de muerte estuvo prohibida y a lo largo de esos tres siglos la influencia del budismo, una religión que aborrece incluso matar animales, convivió con una fuerte tradición guerrera donde las ejecuciones estaban a la orden del día.

A partir de la Restauración Mejij (1866-1869) Japón adoptó un modelo judicial de corte occidental y en 1880 aprobó la pena de muerte. Desde la instauración de este modelo las leyes no han cambiado, pero las sentencias de muerte y el número de ejecuciones han ido variado en cada período histórico.

La bomba de Hiroshima, el infierno nuclear

El 6 de agosto de 1945 ha quedado grabado para siempre en la memoria de los japoneses. Ese día, cumpliendo la orden del presidente Harry S. Truman, el ejército estadounidense lanzó sobre la ciudad de Hiroshima la primera bomba atómica que cayó sobre una población habitada. Tres días después aviones norteamericanos lanzaron una segunda bomba sobre Nagasaki y esos dos trágicos sucesos forzaron la rendición incondicional del ejército imperial japonés, que tuvo lugar el 15 de agosto, y, en consecuencia, provocaron el fin de la Guerra del Pacífico, y por extensión de la II Guerra Mundial.

¿Fue necesaria tanta destrucción para poner fin al conflicto bélico? ¿No existían otras alternativas? ¿Pudieron elegirse otros objetivos militares que no causaran tantas muertes entre la población civil? ¿Aprovechó Estados Unidos para conocer los efectos de una explosión nuclear sobre seres humanos? ¿Se trataba sobre todo de una demostración de fuerza para intimidar a los soviéticos? Todas esas interrogantes planean en el aire desde entonces, pero el silencio suele ser la única respuesta que se obtiene tanto en Japón como en Estados Unidos.

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La nube atómica sobre Hiroshima vista desde Matsuyama

La mayoría de los japoneses prefieren pasar de puntillas por este pasaje de su historia reciente. Incluso los supervivientes de la devastación atómica, los tristemente conocidos como “hibakusha” (被爆者), se han convertido en unos olvidados y no han recibido ni el reconocimiento social ni las ayudas económicas necesarias por parte de los sucesivos gobiernos japoneses.

El final de la guerra supuso también el principio de la ocupación norteamericana. El general MacArthur, comandante en jefe de las fuerzas aliadas para la supervisión de la ocupación del archipiélago, diseñó un plan para reconstruir Japón a imagen y semejanza de Estados Unidos, redactando una Constitución, instaurando un sistema de partidos e implantando una economía ultracapitalista. El férreo control norteamericano y la complicada posición del emperador Hirohito, al que la rendición le había convertido de la noche a la mañana en un ser terrenal, empezaron a tejer con el paso del tiempo un tupido velo de silencio sobre el lanzamiento de las bombas atómicas, a las que el propio Hirohito, en una rueda de prensa – la primera que concedía un Emperador en la historia – definió como “un suceso inevitable y necesario”. Seguramente esa respuesta, que en aquel momento sorprendió y avergonzó a muchos japoneses, formaba parte de los acuerdos firmados con el general MacArthur para preservar la institución y también su propia vida. No hay que olvidar que el primer ministro Hideki Tojo, seis ministros del gobierno y varios altos cargos militares fueron juzgados y ejecutados. Sin embargo, MacArthur convenció al presidente Truman para mantener con vida al Emperador Hirohito, porque pensaba que su ejecución desencadenaría una ola de violencia y acrecentaría el odio hacia los norteamericanos. Además la figura del Emperador, modernizada y desvinculada de su origen divino, se convertiría en el eje vertebrador de la radical transformación que el general MacArthur planeaba para la sociedad japonesa.

El origen de la bomba de Hiroshima

En los primeros años de la década de los años cuarenta, el ejército de Estados Unidos, con la ayuda de Reino Unido y Canadá, empezó a investigar en secreto la forma de fabricar una bomba atómica. Una carta de Albert Einstein a Franklin D. Roosevelt fechada en 1939 advertía de la posibilidad de fabricar bombas extraordinariamente potentes utilizando el uranio como una nueva e increíble fuente de energía. Las investigaciones de los científicos Enrico Fermi, Leó Szillárd, Edward Teller y Eugene Wigner así lo confirmaban.

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El científico Robert Oppenheimer y el general Leslie Groves, los dos máximos responsables del Proyecto Manhattan. Foto: Wikimedia Commons

En octubre de 1941, sólo dos meses antes de que Estados Unidos entrase en la II Guerra Mundial tras el ataque japonés a Pearl Harbor, el gobierno norteamericano puso en marcha el Proyecto Manhattan, cuyo objetivo era fabricar la bomba atómica antes que los nazis y puso al frente del proyecto al científico Robert Oppenheimer. Cuatro años después, y tras una inversión total de más de 2 billones de dólares, el 16 de julio de 1945 los norteamericanos realizaron con éxito el primer ensayo atómico en el desierto de Alamogordo (Nuevo México). El ejército alemán se había rendido un mes antes, el 7 de mayo, por lo que Alemania ya no sería el objetivo de la bomba y se empezó a plantear la posibilidad de lanzarla sobre Japón, con quien Estados Unidos mantenía una cruenta lucha en el Pacífico.

El presidente Harry S.Truman avisó al ejército japonés del inminente lanzamiento de una nueva bomba de efectos devastadores si no aceptaban una rendición incondicional. Ante su negativa y después de muchas deliberaciones, el presidente Truman autorizó el lanzamiento de la bomba atómica sobre la ciudad de Hiroshima.

Hiroshima antes de la bomba

En el verano de 1945 Hiroshima era una ciudad asolada por los bombardeos norteamericanos. Las provisiones escaseaban, la mayoría de los hombres en edad militar estaban alistados en el ejército imperial y las mujeres se las ingeniaban para dar de comer a sus familias. Hiroshima era un importante centro militar y una base naval de primer orden. Frente a sus costas acechaban amenazantes decenas de portaaviones norteamericanos desde los que despegaban los B-29 que aterrorizaban a la población con sus continuos bombardeos.

En agosto de 1945 Hiroshima era una ciudad de un millón de habitantes y su puerto atraía una importante actividad comercial. A pesar de la guerra sus habitantes intentaban mantener la normalidad, los niños acudían a la escuela, las tiendas estaban abiertas y los tranvías llevaban a la gente a sus hogares y sus lugares de trabajo. La ciudad estaba repleta de refugios antiaéreos, a los que sus habitantes acudían con demasiada frecuencia para protegerse de los bombardeos norteamericanos.

La explosión

A las 8:15 del lunes 6 de agosto de 1945 un bombardero estadounidense B-29, al que su piloto Paul Tibbets había bautizado con el nombre de Enola Gay en honor a su madre Enola Gay Tibbets, lanzó una bomba de uranio sobre Hiroshima, la célebre Little Boy. Cincuenta y cinco segundos después de su lanzamiento, la bomba se situó a 600 metros sobre la ciudad, la altura determinada para su explosión. La detonación produjo una explosión equivalente a 13 kilotones de TNT y la temperatura superó el millón de grados centígrados, creando una inmensa bola de fuego que se expandió en menos de un segundo más de 250 metros de diámetro.

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La tripulación del B-29 “Enola Gay”. Licencia: Wikimedia Commons

Una columna de humo comenzó a ascender rápidamente formando una gigantesca nube con forma de hongo que empezó a crecer y llegó a alcanzar 800 m de alto y unos 3.000 de ancho. La explosión, que pudo sentirse hasta casi 60 kilómetros de distancia, rompió los cristales de las ventanas de los edificios que se encontraban a menos de 15 kilómetros. Unas 140.000 personas murieron instantáneamente, muchas de ellas literalmente desaparecieron, se volatilizaron, y la ciudad se convirtió en un infierno, llena de incendios por todas partes. El 70% de los edificios fueron destruidos y la ciudad se convirtió en una enorme superficie de tierra carbonizada.

Una media hora más tarde una extraña lluvia de color negro empezó a caer sobre la zona noroeste de la ciudad. Se trataba de una lluvia radiactiva, la llamada “lluvia negra”, que fue provocada por las corrientes de aire caliente que surgieron de los incendios y que elevaron a la atmósfera algunos de los isótopos radioactivos que había provocado la detonación. Muchos supervivientes recibieron la lluvia como un alivio para sus terribles quemaduras e incluso la bebieron, sin saber que esa lluvia negra estaba esparciendo sobre sus cuerpos una contaminación radioactiva que les provocaría a lo largo de las próximas semanas horribles enfermedades como ceguera, leucemia o tumores malignos.

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Licencia: Hiroshima Peace Memorial Museum/Gonishi Kimura/Reuters

Los “hibakusha”, cuando sobrevivir se convierte en una pesadilla

Hibakusha (被爆者?) es una palabra japonesa que significa “persona bombardeada” y se utiliza en Japón para designar a las personas que sobrevivieron a los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki. Según datos oficiales existen más de 360.000 hibakusha, y la mayoría han padecido enfermedades y desfiguraciones provocadas por la radiación.

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Una víctima del bombardeo de Hiroshima. Licencia: Creative Commons

Los hibakusha, entre los que hay que incluir también a muchos de los hijos de los supervivientes que heredaron algún tipo de enfermedad o malformación, han sufrido además un rechazo social, provocado sobre todo por el temor a un posible contagio. Ese rechazo ha sido tan generalizado que muchos hibakusha han tenido que enfrentarse a graves problemas sociales y económicos a lo largo de su vida, y los sucesivos gobiernos tanto nacionales como locales no les proporcionaron suficientes ayudas para paliar su situación. Por este motivo muchos hibakusha, si no presentaban pruebas visibles de sus enfermedades, prefirieron mantener su problema en secreto. Con el paso de los años los avances científicos demostraron que no existía ningún peligro de contagio y poco a poco los hibakusha empezaron a integrarse en la sociedad japonesa, aunque en muchos casos el daño psicológica ya era irreparable. En 1956 un amplio grupo de supervivientes formaron la organización Nihon Hidankyō (日本被団協), que nació con un doble objetivo: presionar al gobierno japonés para que destinara ayudas a los supervivientes de las bombas nucleares y trabajar para la abolición de las bombas atómicas en todo el mundo.

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Un superviviente de la bomba de Nagasaki cuenta su experiencia a un grupo de jóvenes durante un congreso internacional celebrado en Viena

“En este rincón del mundo”, una nueva mirada al drama de Hiroshima 

en-este-rincon-del-mundo“En este rincón del mundo” (Kono Sekai no katasumi ni) es un anime dirigido por Sunao Katabuchi y basado en el manga de Fumiyo Kuono, que llega ahora a las pantallas españolas, un año después de su estreno en Japón y después de recibir numerosos reconocimientos internacionales, como el premio a la mejor película de animación de la Academia de Cine Japonesa o el premio del jurado en el Festival de Annecy (Francia).
Aunque la película arranca en la década de 1930, la mayor parte de la acción se sitúa en 1944 y narra la historia de Suzu, una joven de 18 años que abandona su ciudad natal, Hiroshima, para trasladarse a la pequeña ciudad costera de Kure, a unos 20 km de distancia, donde deberá casarse con Shusaku, un joven funcionario del Tribunal Militar, al que apenas conoce. El contexto es crucial, la trama se sitúa en plena Segunda Guerra Mundial y a sólo un año del terrible lanzamiento de la bomba atómica.
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Suzu le encanta dibujar, es una joven alegre e inquieta, y de repente tiene que enfrentarse a una nueva vida, en un nuevo hogar, junto a una familia que no es la suya. Por suerte para la inocente Suzu, su marido es un joven atento y educado, por el que poco a poco va sintiéndose atraída, sus suegros son muy amables, su cuñada, pese a su difícil carácter, avinagrado por un triste pasado, es una mujer de buen corazón, y la pequeña Harumi es un niña encantadora y llena de vida.
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La película se enmarca en uno de las etapas más duras en la historia de Japón, dentro de una crisis donde el hambre y la escasez hacían estragos en la población. La Guerra del Pacífico había llegado a las costas japonesas, todos los hombres en edad militar habían ingresado en el Ejército Imperial y las mujeres mantenían a flote a sus familias con más imaginación que recursos reales. En aquellos años, la ciudad portuaria de Kure era además un enclave militar estratégico y eso la había convertido en uno de los blancos esenciales de los bombardeos norteamericanos. Los refugios antiaéreos se habían convertido en un lugar habitual para los habitantes de Kure, que intentaban conservar la normalidad pese a las bombas y la falta de suministros. Así transcurren los días en la nueva vida de Suzu, hasta que los bombardeos se intensifican y llega el tristemente célebre 4 de agosto de 1945, cuando EEUU decidió lanzar la primera bomba atómica sobre la ciudad de Hiroshima.
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“En este rincón del mundo” es el cuarto largometraje de Sunao Katabuchi,aunque es el primero que se estrena en España. Anteriormente Sunao Katabuchi dirigió “Princess Arete” (2001), “Mai Mai Miracle” (2009) y “Black Lagoon: Roberta´s Blood Trail” (2010), además de series de TV como “Street Fighter” (1995), “Lassie” (1996) y “Black Lagoon” (2006).
“En este rincón del mundo” no es la primera película que aborda el controvertido y polémico bombardeo de Hiroshima. En 1984 Mori Masaki dirigió “Hiroshima”, una obra perturbadora y brutal, que muestra los devastadores efectos de la bomba atómica sobre la población de Hiroshima. Más tarde, en 1988 fue Isao Takahata quien en la aclamada “La tumba de las luciérnagas” aportó una visión del holocausto nuclear que ha convertido a esta película en una obra de culto para muchos cinéfilos. Sin embargo “En este rincón del mundo” no es una película sobre la bomba atómica de Hiroshima, es una película sobre la grandeza del ser humano, sobre el amor, sobre la pérdida y sobre la superación.
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“En este rincón del mundo” es una película delicada, auténtica, repleta de ternura pero ambientada en una época terrible, se trata de la crónica de un holocausto anunciado, una historia de héroes en un mundo sin sentido, una angustiosa cuenta atrás que atrapa al espectador desde la primera escena y le mantiene en vilo hasta el final.
La película nació con el objetivo de conmemorar el 70 aniversario de las bombas de Hiroshima y Nagasaki, que provocaron cerca de cien mil muertos, pero no plantea en ningún momento una recreación documental de la tragedia, sino que se centra en la vida cotidiana de las familias japonesas que, a pesar de las dificultades, el miedo y el dolor que provoca siempre una guerra, intentan impregnar sus vidas de normalidad.
Pese a su delicadeza visual y la belleza de sus trazos, “En este rincón del mundo” es una obra impregnada de dolor, cuya historia encoge el corazón y transporta al espectador al corazón del Japón de 1945, en plena Guerra del Pacífico, y bajo los constantes bombardeos del ejército de EEUU.