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El idioma japonés: una lengua única en el mundo

El japonés lo hablan más de 130 millones de personas, lo que la convierte en la octava lengua más hablada del planeta. Además de en Japón, el japonés se utiliza también en Hawái (250.000), California (300.000), Guam, Palaos, Taiwan, Corea, Manchuria (China), Filipinas, Islas Marshall e incluso en ciertas áreas de Brasil (400.000), donde reside una numerosa comunidad japonesa.

Para muchos lingüistas el japonés es una lengua huérfana, aunque pertenece a la familia de las lenguas japónicas, a la que también pertenecen las lenguas ryukyuenses como el okinawense o el amami.

El origen del japonés es un misterio, aunque suele emparentarse con el coreano y recibió también influencias de las lenguas malayas.

Hasta el siglo IV el japonés era una lengua hablada, carecía de escritura. En el siglo IV se creó la escritura a partir de la escritura Hanzi china. Poco a poco los Han chinos fueron derivando hacia los Kanji japoneses, unos ideogramas que representan un concepto o un mensaje simple. De hecho, Kanji significa en japonés “carácter Han”. Pero el alfabeto Kanji no es el único que se utiliza en Japón.

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En el siglo X se desarrollaron dos nuevos alfabetos llamados Kana, que a diferencia del Kanji se basan en caracteres que no tienen ningún significado, simplemente representan un sonido, exactamente igual que nuestro alfabeto castellano.

Los dos alfabetos Kana – aunque es más correcto denominarlos “silabarios”, porque en realidad son dos formas de escritura en la que los caracteres representan sílabas y no letras – se llaman Hiragana y Katakana. El Hiragana describe palabras de origen japonés, mientras que el Katakana se utiliza para adoptar palabras de origen extranjero, sobre todo, inglesas, francesas o alemanas.

Pero los japoneses no se conforman con tres alfabetos, aún existe un cuarto, que resulta ser el más familiar para los occidentales. Se trata del Romaji, un alfabeto basado en caracteres latinos, que se inventó para representar palabras japonesas que tuvieran que ser utilizadas en otros idiomas. Por ejemplo “Tokyo” es la representación en Romaji del Kanji 東京都 .  El Romaji es muy útil para los turistas cuando visitan Japón y necesitan encontrar, por ejemplo, el nombre de una estación de Metro. También se utiliza cuando las empresas japonesas quieren ser reconocidas fuera del país. ¿Como si no se hubieran dado a conocer en el mundo SonyYamaha o Toyota? ¿O cómo si no podrían estudiar japonés los estudiantes extranjeros? El Romaji surgió alrededor de 1548, fue obra de un japonés católico llamado Yajiro, que se inspiró en la ortografía portuguesa. En aquellos años los jesuitas portugueses que llegaron a Japón utilizaban unos libros escritos en Romaji que les permitían rezar y predicar en japonés sin utilizar la ortografía Kanji. A lo largo de los años esta romanización del japonés experimentó diversas modificaciones.

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Kanji

Los Kanji son símbolos que pueden tener varios significados y varias pronunciaciones. Además pueden combinarse entre sí formando palabras con nuevos significados y nuevas pronunciaciones.

Existen alrededor de 40.000 kanjis, y los japoneses necesitan unos diez años para aprenderlos todos y escribir correctamente, aunque el sistema educativo da prioridad al aprendizaje de jōyō kanji (常用漢字), una lista que contiene 1945 kanji que se consideran oficiales.

En la escuela primaria los niños japoneses deben aprender durante seis años 1006 kanjis y en la escuela secundaria deben aprender los 939 restantes. El aprendizaje oficial de la lectura empieza en las escuelas en el primer grado de primaria, pero la mayoría de los niños japoneses llegan a primaria siendo capaces de leer ya incluso libros. Esta sorprendente precocidad se debe a que en los jardines de infancia los niños ya empiezan a leer, pero sobre todo a la labor de las madres japonesas que, ante la dificultad para ingresar en las escuelas primarias de mayor prestigio académico, preparan a sus hijos desde muy pequeños para poder superar los exámenes de ingreso.

Un buen diccionario de kanjis contiene unas 4000 palabras, y un ordenador que tiene instalado un teclado en japonés ofrece más de 11.000 kanji diferentes.

En 1977 el filósofo experto en religiones James Heisig – que nació en Boston y en la actualidad reside en Nagoya – escribió “Kanji para recordar”, un libro en el que describe un método revolucionario para memorizar kanjis basado en la memoria imaginativa y no en la memoria visual. Se trata de asociar el significado de cada kanji con una historia absurda que sorprenda a la mente.

Por otra parte, en la lengua japonesa existen muchas palabras homófonas, es decir, tienen la misma pronunciación pero diferente ortografía y significado. Si no fuera por los kanji sería imposible distinguirlas, ya que aunque se pronuncien igual su escritura es distinta. La palabra “hashi” es un ejemplo. Puede significar “puente”, “borde” o “palillos”.

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Debido al uso de los kanji los japoneses son un pueblo muy visual, su sistema de escritura basado en imágenes, es la base de su refinado gusto por la estética y la belleza en todas sus formas, desde la cocina hasta la decoración. Un claro ejemplo son los shuin (朱 印) unos sellos conmemorativos que se entregan a todos los fieles que visitan un templo sintoísta o budista para dejar constancia de su visita. Durante mi viaje a Japón del pasado verano fui recopilando con mi hija shuin por todos los templos por los que pasaba. Los dibujan los monjes (kannushi, si son sintoístas) que viven en el templo y suelen recopilarse en un libro como el que os muestro en las fotos. Para crear el shuin el monje estampa un sello y sobre esa imagen suele escribir el nombre del templo y el día de la visita. La mayoría son auténticas obras de arte.

Hiragana

El hiragana (平仮名 o ひらがな?) es uno de los dos silabarios kana que se utilizan en la escritura japonesa. Se trata de una simplificación de los caracteres kanji que se utiliza para escribir las palabras originarias del idioma japonés.

El silabario hiragana está formado por 46 caracteres, de los cuales 45 representan sílabas formadas por una consonante y una vocal, o en algunos casos una única vocal; y la única consonante que puede ir sola es la ’n’.

El hiragana se utiliza para escribir palabras nativas japonesas, mientras que el katakana se emplea para escribir palabras de origen extranjero y onomatopeyas.

Los niños japoneses aprenden primero el silabario hiragana y a medida que van aprendiendo los kanji van reemplazando los caracteres hiragana por los caracteres kanji.

Algunos historiadores han afirmado que los primeros caracteres hiragana fueron desarrollados por el monje budista Kūkai en el siglo IX, aunque otros historiadores atribuyen la invención a un grupo de mujeres de la aristocracia japonesa.

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Katakana

El katakana (片仮名 o カタカナ?) se utiliza para escribir palabras extranjeras que no tienen representación en kanji, así como onomatopeyas y términos científicos y técnicos.

El silabario katakana consta de 46 caracteres, que representan sílabas compuestas por una consonante y una vocal, o bien una sola vocal. De las consonantes, únicamente la ‘n’ debe ir sola.

Onomatopeyas

Las onomatopeyas juegan un papel muy destacado dentro del idioma japonés. Existen miles de onomatopeyas que los japoneses utilizan constantemente para expresarse, basta con ojear cualquier manga que caiga a nuestras manos para darse cuenta de su omnipresencia.

Las onomatopeyas se dividen en cinco categorías:

Giseigo (擬声語) Animales y sonidos humanos

Giongo (擬音語) Objetos inanimados y naturaleza

Gitaigo (擬態語) Condiciones y estados

Giyougo (擬容語) Movimientos

Gijougo (擬情語) Sentimientos

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El arte de copiar en Japón

En Occidente, copiar siempre inspira connotaciones negativas. Sin embargo, en Japón copiar es una búsqueda de la perfección, un camino sin fin hacia la excelencia. En el país del sol naciente una copia es un reflejo mejorado, una proyección más bella que el original. ¿A qué se debe que los japoneses copien, adapten y mejoren como nadie?

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Hasta el siglo IV el idioma japonés era un idioma sin escritura, sin alfabeto, y el conocimiento se transmitía a través de la lengua hablada, no existían libros, ni manuscritos. Los japoneses, en vez de inventar un nuevo sistema de escritura, decidieron importar los ideogramas hanzi de la escritura china. Estos caracteres no se ajustaban completamente a las necesidades idiomáticas del japonés, por lo que debieron ser adaptados y ampliados transformándose en los kanji, que actualmente conocemos como base de la escritura japonesa. Además, este sistema se completó en los siglos posteriores con tres alfabetos más: hiragana, katakana y romaji.

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En la religión japonesa sucede algo parecido. El sintoísmo es la religión nativa de Japón, nunca llegó a extenderse a ningún otro lugar del mundo. A pesar de esa omnipresencia en todo el archipiélago japonés desde hace miles de años, el sintoísmo fue permeable a las influencias del confucianismo y el budismo, religiones que llegaron a las islas en torno al siglo I. No sólo conviven desde entonces, sino que en muchos aspectos de la vida diaria, estos tres pensamientos se han fusionado constituyendo un ejemplo de tolerancia único en el mundo. Con el tiempo, el budismo, además, se perfeccionó creando una rama más depurada, más refinada, la corriente que se conoce como “budismo zen”. El príncipe Shotoku, que vivió a principios del siglo I, afirmó que “la religión japonesa era un árbol an el que el sintoísmo era el tronco, el budismo las ramas y el confucianismo, las hojas”.

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La cocina japonesa, probablemente la cocina más variada y exquisita del mundo, también importó ideas e ingredientes de otras culturas. La sopa Ramen, aunque es uno de los platos más populares de Japón, es de origen chino, no se conoce a ciencia cierta cuando se introdujo en el archipiélago, pero en la actualidad existen numerosas variedades de Ramen que pueden encontrarse en todos los rincones. Incluso existe un Museo del Ramen, ubicado en la ciudad de Yokohama.

Otro ejemplo dentro de la cocina japonesa es el curry, una mezcla de especias picantes de origen indio, que ha dado lugar a una amplia variedad de platos que combinan diferentes alimentos como pollo, mariscos o pato. El curry fue introducido en Japón por los ingleses durante la Era Meiji (1869-1913), años en los que la India formaba parte del Imperio Británico. Una vez más, los japoneses no se conformaron con importarlo, lo adaptaron y lo mejoraron, creando una amplia variedad de platos, entre los que destaca el maree raisu, arroz blanco con curry, aunque también existen platos basados en curry que no utilizan arroz, como el karē udon (fideos gruesos) o el karē-pan (pan de curry). Y no podemos olvidar las hamburguesas, un plato que introdujeron los americanos durante la ocupación posterior a la II Guerra Mundial y que los japoneses mejoraron creando variedades como hanbāgu. Han acabado siendo tan populares las hamburguesas en Japón que sólo Mcdonald´s ha podido resistir el embate de los restaurantes locales, que han acabado desterrando a gigantes como Burber King o Wendy, que tuvieron que abandonar Japón. 

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También podemos citar los famosos konbini, las tiendas 24 horas que proliferan por todas las ciudades de Japón. El primer konbini lo abrió la cadena 7 Eleven en 1974 y desde entonces se han abierto más de 50.000 establecimientos de varias marcas por todo el país. No sólo los japoneses mejoraron el concepto norteamericano de las convinience stores – a las que ellos rebautizaron “konbini” – sino que un grupo de empresarios japoneses incluso llegaron a comprar la empresa 7 Eleven en 2005.

Otro caso interesante es el manga. Osamu Tezuka, el padre del manga, creó un nuevo estilo narrativo en los años 50, mezclando las técnicas de las películas de Disney con los cómics americanos. Tezuka era un gran admirador de las películas de animación y quiso trasladar esa expresividad al papel dando vida a un nuevo género narrativo que entusiasma hoy a millones de personas de todo el mundo.

Osamu Tezuka, el padre del manga. Foto: Wikipedia

Osamu Tezuka, el padre del manga. Foto: Wikipedia

Y la lista no acaba ahí. Podemos incluir también el archifamoso sushi, que en realidad surgió en China como método para mantener el pescado fresco. Pero quizás el caso más llamativo sea el Santuario de Ise. uno de los templos sintoístas más venerados de Japón. Cada veinte años el santuario es derruido para volver a construirlo piedra a piedra, porque según el sintoísmo la naturaleza muere y renace cada veinte años. Como la primera reconstrucción fue ordenada por la Emperatriz Jitō en 692, el Santuario de Ise ha sido reconstruido más de 60 veces.

Los japoneses incluso han inventado una palabra para definir este proceso de adaptación y mejora, lo denominan “iitoko-tori”, que significa literalmente “coger las cosas buenas”. ¿Pero por qué los japoneses no tienen ningún reparo a la hora de integrar ideas surgidas en otros lugares? Probablemente la razón se encuentre en su concepto de la humildad. Los occidentales somos más individualistas y egocéntricos, mientras que los japoneses piensan más en el colectivo y no se identifican tanto con sus obras. Esa visión, tan alejada del ego, permite percibir las innovaciones exteriores como oportunidades y nunca como amenazas.

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A lo largo de su historia los japoneses han sabido importar nuevas ideas, adaptándolas a sus necesidades específicas. Y siempre las han mejorado gracias a esa mezcla tan nipona de sacrificio, paciencia y humildad.