Tetsuya Ishida: el lado oscuro de la sociedad japonesa

Tetsuya Ishida (Yaizu, Shizuoka, 1973 – Tokio, 2005) fue un pintor japonés que retrató con una mirada nihilista y descarnada escenas de la vida cotidiana del país nipón. Sus personajes están atrapados en una sociedad autodestructiva que anula su voluntad y donde las personas son simples piezas de un gigantesco engranaje que funciona al servicio de un sistema consumista desalmado.

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La exposición “Tetsuya Ishida: autorretrato de otro” es la primera muestra retrospectiva que se expone fuera de Japón y reúne una selección de unas 70 obras del autor, realizadas entre 1996, año en el que Ishida se licenció en Bellas Artes en la Universidad Musashino de Tokio, y 2005, año de su repentina muerte, debida a un suicidio que nunca se llegó a confirmar. La causa oficial de la muerte fue “atropello por un tren”. La exposición, que acoge el Palacio de Velázquez del madrileño Parque de El Retiro y ha sido organizada por el Museo de Arte Reina Sofía, abrió sus puertas el 11 de abril de 2019 y las cerrará el 8 de septiembre de este mismo año.

Tetsuya Ishida: seres híbridos, máquinas antropomorfas, soledad y esclavitud urbana

Tetsuya Ishida es un artista de culto para las generaciones más jóvenes de Japón. Su obra denuncia las condiciones en las que viven millones de japoneses, que malgastan su vida trabajando y recorriendo cada día decenas de kilómetros desde su hogar hasta su empresa.

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La sociedad que satirizó Ishida en sus obras retrataba una época concreta del Japón moderno: la década de los 90. En aquellos años la recesión económica castigó al país, llevando a los japoneses al límite como lo demostraron la aparición de los primeros casos de karoshi (muerte por exceso de trabajo) o de hikikomori (aislamiento social en el que viven muchos jóvenes, refugiados en sus videojuegos y sus manga).

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Aquella sociedad hipertecnificada, deshumanizada y consumista estaba sufriendo en sus carnes los efectos de su propia medicina. Los despidos masivos y la especulación inmobiliaria azotaron a los japoneses, que vivieron su primera gran crisis económica tras cuatro décadas de bonanza tras la deshonrosa derrota ante los norteamericanos en la Guerra del Pacífico.

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La temática elegida por Ishida adquiere una dimensión sorprendente al ser tamizada por el filtro de la pintura, un arte esencialmente natural. Esa combinación de amarga sátira social y un arte tan tradicional como la pintura produce una mezcla visualmente muy impactante.

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El universo kafkiano y surrealista de Tetsuya Ishida

En la mayoría de sus obras, Tetsuya Ishida se autorretrata como un hombre anónimo, miembro de una comunidad esclavizada, donde los seres humanos se llegan a integrar hasta tal punto en las cadenas de montaje que se cosifican, transformándose en seres híbridos, en parte objetos, en parte personas.

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El fordismo a la japonesa que impregna la obra de Tetsuya Ishida configura un universo surrealista que muestra una sociedad agonizante y deshumanizada, donde no existe la esperanza y los jóvenes no tienen expectativas de futuro.

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Los lienzos de Ishida son testimonios de ese sufrimiento silencioso. En sus cuadros los trabajadores asalariados, los célebres “salarymen”, se venden en piezas desmontables para ser ensamblados a la medida de las necesidades de las empresas, a la salida del trabajo beben en un bar provisto de surtidores hasta perder el conocimiento, o tienen forma de paquete postal para ser enviados a algún destino en cualquier momento.

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Los personajes de Ishida son clones de sí mismos, no expresan sus emociones y viven solos, aislados, incomunicados. Parecen fotocopias sin identidad ni autonomía, han perdido todo rastro de humanidad y sus vidas vagan sin sentido por un mundo que no merece la pena ser vivido. Las empresas y los colegios son lugares alienantes que adoctrinan y controlan, donde las mujeres parecen no existir, y donde los seres humanos, todos uniformados con traje y corbata, reducen su existencia a una función mecánica en el engranaje social.

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Tetsuya Ishida: un artista incómodo y rebelde

Tetsuya Ishida renegaba del mercado de arte y odiaba a artistas como Takashi Murakami o Yayoi Kusama, a los que consideraba mercenarios. Tenía dificultades para relacionarse con los demás y vivía solo, en un pequeño apartamento en Sagamihara, una pequeña ciudad industrial cercana a Tokio. Tenía el estudio en su propia casa y pintaba todas las mañanas. Por las tardes trabajaba en una imprenta, por lo que sufría en sus propias carnes el trato deshumanizado y los horarios interminables como cualquier salaryman.

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Tetsuya Ishida fue un artista incómodo para el sistema, mostraba la sociedad japonesa desde un ángulo terrible, denunciaba la deshumanización de la vida laboral y alertaba del inmenso poder de empresas como Toyota. Su arte confunde, aterra e inquieta, pero sin embargo es prácticamente imposible dejar de mirar sus cuadros con una extraña inocencia infantil.

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